Túneles, playas y otros desvaríos

Por Daniel Salinas Basave

La imagen de un túnel largo suele ser omnipresente en los relatos de quienes por diversos padecimientos o accidentes han  estado médicamente “muertos” por algunos segundos. Ataques catalépticos, súbitos desvanecimientos hacia lo negro interrumpidos por una inyección de adrenalina e inexplicables resurrecciones a cargo de doctores milagrosos se hermanan en la paranormal experiencia de ese largo camino oscuro donde al final aparece una luz. 

 

Por eso hay siempre una dosis de magia e inquietud en los pasadizos. Acaso sean los vestigios de Real de Catorce en mis recuerdos, pero hay siempre algo de fascinación y misterio en el acto de cruzar un túneles. 

El sábado llevé a mi hijo Iker a recorrer por vez primera la nueva salida de Playas de Tijuana y el paseo fue toda una aventura. Seis veces recorrimos la nueva obra que por ocho años fue postergada.  Trato de recordar cómo eran los confines de Playas en la época en que éramos unos recién llegados y reparo en lo mucho que se ha transformado la cartografía urbana tijuanense. La ciudad es un cuerpo en permanente metamorfosis.

A diferencia de otras urbes, en nuestra Tijuana los túneles y pasos a desnivel siguen siendo una rareza. Después recorrimos el entorno rural del Salvatierra e imaginé cuando más temprano que tarde todas esas colinas desnudas estén infestadas por mil y un casas habitadas por familias que aún no se forman y niños que aún no nacen. 

Imaginé también los recuerdos que Iker tendrá de ese entorno, de la Tijuana en la que él nació y que poco se parecerá a sí misma en muy poco tiempo. Por ejemplo, si buceo en mis archivos mentales más ancestrales,  esa cosa que hoy llaman Valle Oriente en San Pedro Garza García, Nuevo León, habita en algún rinconcito de mi memoria como un páramo baldío donde no estaban ni siquiera los tubos de la Plaza de la Alianza, pero hoy se ha convertido en uno de los sitios con metros cuadrados más caros del país.

Lo mismo me está sucediendo con Playas. Cuando era un recién llegado a Tijuana, solía caminar a la playa El Vigía, ubicada justo frente al puente y el túnel de la recién inaugurada segunda salida ¿Quién piensa en la playa El Vigía? ¿En qué guía turística aparece? Y sin embargo a mí me parece bella. Entre los momentos más Carpe Diem de mi vida se cuentan mis solitarios paseos por esa playa tijuanense.

El litoral de Tijuana me gusta por improbable, por disimulado. El Vigía es como esas mujeres sencillas que no han descubierto que son bellas. Por eso mismo su belleza es más auténtica. Es pura, sin accesorios ni pretensiones. Porque la playa El Vigía no pretende nada ni pide nada;  ahí está, para quien quiera descubrirla.

Y muchísimos años después, cuando nosotros no estemos aquí, no quedará ni vestigio de la anatomía urbana que hoy nos rodea,  pero el cielo, el mar y las Islas Coronado permanecerán, como eternos e inmutables guardianes de la improbable historia de lo que alguna vez fuimos.