Tsundoku

Por Daniel Salinas Basave

Los japoneses tienen términos exactos para absolutamente todo. Tsundoku es la expresión que define la terrible enfermedad que padezco.

Tsundoku puede definirse como una acumulación compulsiva de lecturas, una pepena desaforada e insaciable de libros que ni siquiera tendremos tiempo de leer.

Es, desde luego, una patología que afecta severamente al enfermo y sobre todo a quienes viven con él, porque los libros van colonizando el espacio como una marabunta.

De pronto, al ver el cerro de papel y tinta que se acumula en mi buró, reparo en que de esos catorce libros, solo dos los he leído en su totalidad, de cuatro he leído más de la mitad, pero de al menos ocho he leído la cuarta parte o menos y siendo brutalmente honesto, hay ya muy pocas probabilidades de que algún día los lea completos. Y así me sucede con el montoncito de libros que viaja conmigo en el carro y el que me acompaña en el comedor (que funge como oficina y mesa de trabajo para mí). Y conste que no he mencionado el Kindle, pues ese es ooootra historia.

El caso es que me puse a pensar si sería posible llevar la cuenta aproximada de cuántos libros he leído a medias. Deben ser miles. Me pasa sobre todo con las antologías o compilaciones de cuentos, crónicas o poemas que leo en riguroso desorden, pero de las que siempre me queda algo pendiente por entrarle.

El problema es que nunca tengo suficiente. En una librería o en una feria actúo como un alcohólico frente a la barra. Sí, es cierto, ya tengo muchos, muchos más de los que voy a poder leer en lo que me queda de vida, pero como buen teporocho siempre quiero más, más, máás, ¡¡¡Máááásss!!! Cuando estoy por pagar el nuevo libro, mi disciplinado angelito interior que la juega de responsable, me jala la rienda y me hace ver la durísima realidad: ya no tienes ni siquiera un pinche miserable resquicio dónde colocar ese nuevo libro, acabará arrumbado en el carro y nunca te darás el tiempo de leerlo, pero mi diablo hedonista replica de inmediato y me dice, vamos, pepénalo, que te valga un carajo, todo libro es un viaje, una aventura, una puerta o escalera hacia alguna parte y éste a lo mejor te lleva a donde nunca has ido.

En cualquier caso, gracias al Kindle le he bajado un poco a la acumulación de papel y tinta, pero siendo realista, aún si a partir de este día dejara de comprar libros, no me bastaría el resto de la vida para acabar de leer todos los que tengo pendientes en casa. El día que me muera habrá una laaaarga fila de libros que se quedaron esperando su turno. Ni modo colegas: toda biblioteca es una divina utopía y el Tsundoku no se cura. Vaya que no.