Triángulos literarios de las Bermudas

Por Daniel Salinas Basave

Dado que arrastro algún kilometraje recorrido en los azares de la vagancia libresca desde que empecé a acudir a talleres literarios a principios de los noventa, puedo afirmar que a lo largo de esta vereda he visto de todo un poco. En dos décadas y media de andares narrativos me he topado con un variopinto mosaico de improbables personajes.

Cierto, a veces parece que la literatura no le importa a nadie, pero la realidad es que no deja de sorprender la cantidad de gente que al menos en algún momento de su vida incursionó o quiso incursionar en los terrenos de la escritura creativa. Personas cuyo perfil despedaza el cliché de poeta y loco han sido capaces de darme gratas sorpresas frente a la mesa de un taller. Acaso la gallina de los huevos de oro de la literatura no sea vender libros sino escuelas de escritores.

Promoverse como instructor en el arte de narrar suele ser el modus vivendi de no pocos colegas. En cualquier ciudad hay siempre un grupo de gente de todas las edades que siente la curiosidad o el impulso de dar forma a un cuento o a un poema, lo cual – en honor a la verdad- es muy sano y hasta terapéutico. Lo que me llama la atención es que dentro de todo este caleidoscopio de seres que incursionan o intentan incursionar en el quehacer literario, siempre hay tres o cuatro con un talento natural que suele revelarse desde la primera lectura. Hago un repaso mental y concluyo que no es corta mi lista de conocidos que en algún momento de mi vida han sido capaces de maravillarme con algún escrito. Sin embargo, muchas de estas potenciales carreras literarias naufragan o simplemente no se logran.

Al azar releo antologías y compilaciones en las que por alguna razón fui invitado. Demasiadas preguntas irrumpen esta mañana ¿Con cuántos colegas he coincidido en la ruta? ¿Con quiénes me he sentado alguna vez alrededor de la fogata a compartir historias? ¿Podría calcular un número siquiera aproximado de personas con las que he paladeado azares literarios? ¿Cuántos de lo que alguna vez escribieron ya no escriben más?

Hojeo el Calendario Poético de 1994 impreso en la UANL. Ahí me encuentro con unos jovencísimos Felipe Montes y Armando Alanís, que para mí ya eran punto de referencia en aquella época y que hoy son punta de lanza en el llamado “boom regio”, pero ellos son una excepción. Repaso viejas revistas, manuscritos engargolados y concluyo que son muchísimos más los nombres de lo que nunca volví a saber más nada. Compañeros de taller, secuaces con los que compartí borradores y embriones narrativos condenados al legrado, navegantes cuyos barcos de papel jamás llegaron a puerto y naufragaron en el Triángulo de las Bermudas de la vida adulta.

Las andanzas librescas son misteriosas. No suelen obedecer a una lógica y tampoco son democráticas. La biblioteca de los libros que pudieron ser y no fueron es inmensa y no deja de crecer.