Treinta y cinco días de felicidad

Por Dianeth Pérez Arreola

Este primero de diciembre empiezan mis treinta y cuatro días de felicidad; no sé qué me hace más feliz: lo que dejo aquí, o lo que me espera allá. Los días en Holanda son cada vez más oscuros conforme se acerca el invierno, la gente se vuelve más huraña y la temperatura se acerca a los cero grados.

En México volveré a ver el sol, veré a toda mi familia y por supuesto comeré muchos tacos. Primero hay que mentalizarse para aguantar dos largos vuelos con dos niñas de seis y diez años que se aburren rápido. He hecho este mismo trayecto muchas veces sola con ellas, porque mi marido a veces nos alcanza allá en fechas más cercanas a Navidad.

Mis hijas tenían pocos meses de edad la primera vez que fueron a México, y la verdad es que siempre se han portado muy bien. Me han tocado un par de señoras que al verme con dos niñas pequeñas han pedido cambiar de asiento en el avión, y lo que resulta es un asiento vacío extra o una compañera de vuelo a quien le encantan los niños.

Más frecuente ha sido encontrar padres que van con sus pequeños sin la menor idea de cómo enfrentar esas largas horas en avión. A los bebés hay que llevarles su comida, y si se enfadan hay que pararse a caminar con ellos en el pasillo o en la parte de atrás de avión.

Yo siempre digo que no hay persona más estresada que el padre o la madre de la criatura que va llorando, pero a veces hay cada pelmazo que no hace el mínimo esfuerzo por calmar a su hijo; como si llorar a todo pulmón molestando a todos los pasajeros y despertando a los niños que van dormidos, fuera irremediable. Las aerolíneas deberían enviar un correo electrónico con consejos y recomendaciones a quienes compran los boletos y viajan con un bebé o un menor.

La escala en la costa Este de Estados Unidos siempre va bien y sirve de pausa para comer y estirar las piernas. Ahora ya la puedo disfrutar, porque el tiempo de ir con una niña, una bebé, tres maletas, una carriola, una pañalera, mi bolsa y además tener que recoger el equipaje y llevarlo hasta otra parte, era un infierno, sin contar la fila para la aduana.

Las niñas están también muy emocionadas por el viaje. Hemos dicho el juramento a la bandera y cantado el himno nacional casi todas las noches, así que si el lunes ya se libraron del jet lag, harán por primera vez los honores a la bandera en la que será su escuela por tres semanas.

Ya quiero estar con mi familia, conocer a mis nuevos sobrinos, ir al beisbol, comer el lomo mechado que hace mi tía Lupe, jugar a las barajas con mis tíos, ir a conocer todos los lugares que me han dicho que tengo que conocer, ver a mis amigos, comer tacos y pedir que por favor estos treinta y cuatro días pasen muy, muy lentamente.