Tras las huellas de Lowry en Cuernavaca

Por Daniel Salinas Basave

 

Deshojo los últimos días del otoño en la ciudad de la Eterna Primavera. He venido a Cuernavaca a la ceremonia de entrega del Premio de Ensayo Malcolm Lowry que gané con el libro Cartógrafos de Nostromo.

Desde  algunos años para acá siempre que un avión me lleva fuera  de Tijuana es para sacar a pasear algún libro.  De una forma u otra, todos mis viajes tienen que ver con la literatura. La vagancia libresca significa compartir palabras e ideas pero también peinar ciudades y perderse en soledad por improbables calles.

Poco antes de llegar a tierras morelenses hice una escala en el Estadio Azteca para ver a mis Tigres caer en la gran final contra el América. En ese ritual de estoicismo y puños cerrados que es mi afición suicida por el felino del norte he sufrido más de lo que he celebrado así que una final perdida con tres expulsados es, en el sentido más literal,  solo una raya más para un Tigre.

Pese a todo, creo que Tigres regaló el partido y siguió desde el minuto uno todos los pasos para consumar su suicidio futbolístico.

Para poder asestar un nuevo “Aztecazo” hace falta sangre en las venas y mucho coraje que por su ausencia brillaron en Santa Úrsula. Por otra parte, al ver a más de cien mil aficionados desgarrando las cuerdas vocales en una ceremonia de caos, sudor, cerveza y orines, nunca dejaba de sentirme inmerso en una fiesta celebrada en medio de la inmundicia del país que se desmorona.

El futbol -o más específicamente los Tigres- han sido siempre mi absurdo favorito, mi incurable evasión.  Desde la madrugada del lunes estoy en Cuernavaca en donde me he dedicado a perderme en jardines e iglesias.

Tal vez la mejor manera de celebrar un premio que lleva el nombre de Malcolm Lowry sería brindando con mezcal en el Casino de la Selva, pero en el escenario de Bajo El Volcán solo hay ahora un insípido centro comercial.

Por fortuna nos queda la Casa de Cortés, el Jardín Borda y mil y un rincones donde habita la magia,  En soldad medito sobre el año que concluye, que representa, en muchos sentidos, el cruce un umbral, un punto de no retorno.

Si bien en lo personal fue un año provechoso en el que pude dedicarme a ser papá de tiempo completo y escribir un par de libros que fueron premiados, nunca pierdo de vista que camino sobre una delgada capa de hielo bajo la cual acecha el abismo.

El país se desbarranca y por herencia nos quedan el ruido y la furia. La rebelión de otoño va mucho más allá  del clamor de justicia por 43 humildes estudiantes asesinados. Lo vivido en las calles del país en los últimos dos meses es la erupción de un volcán por muchos años contenido. Jugar a ser Nostradamus e intentar predecir el futuro es una ridícula utopía.

Lo único seguro es que 2014 es ya un tatuaje en nuestras vidas.