Tongolele y Gloria Contreras

 

(Parte 2)
 
Para Juan 
Por Guadalupe Rivemar Valle
 
¿No es verdad que los mejores regalos son aquellos que llegan de manera inesperada, sin que uno los pida? Y a veces, estos regalos no tienen nada que ver con un objeto que termina guardado al fondo de un cajón, porque son experiencias que conservamos en la memoria. Pero la memoria resulta que tampoco es garantía, pues de igual manera tiene sus recovecos, sus laberintos, y corremos el riesgo de que en lugar de que esos recuerdos permanezcan vivos, se empolven en un resquicio de la mente. Entonces uno escribe… “caminé bajo la tormenta, tratando inútilmente de esquivar los charcos helados, donde aún flotaban pequeños pedazos de hielo, producto de la granizada que azotó a la ciudad, aquel sábado por la tarde”. 
 
Entonces uno escribe… el homenaje multitudinario donde la maestra Gloria Contreras, Directora de Taller Coreográfico de la UNAM, recibiría una escultura de manos de Yolanda Montez Tongolele, debido al mal clima, se convirtió en un convivio íntimo, donde apenas cinco personas, fuimos testigos privilegiados de un encuentro histórico entre dos grandes figuras internacionales, entre dos guerreras, dos sobrevivientes de la vida unidas por una pasión: la danza. Han transitado por caminos muy diferentes, una de ellas abriéndose paso por el mundo de la danza clásica y la otra, con la danza popular y sin embargo, en su conversación dialogan con las mismas palabras, con el mismo gesto en sus manos educadas, igual que sus pies, para ir dibujando emociones en el aire.
 
A la maestra Contreras se le considera una institución en el mundo de la danza mexicana, hoy en día, se han escrito varios libros sobre sus aportaciones y hasta pelean por considerarla como una bailarina alemana por la nacionalidad de su madre, o rusa, por sus años de formación en Nueva York, al lado de otro legendario, George Balanchine. 
Sin embargo, no siempre ha gozado de este reconocimiento y recuerda, como en sus inicios una tras otra, le cerraban las puertas en las escuelas donde se presentaba. “En México, mi primera maestra fue Madame Nelsy Dambré, Primera Bailarina de la Opera de Paris, pero al principio no me quería, me gritaba: ¡Torpe, inútil, no sirves para nada! Y me mandaba hasta donde se guardaban los coches, ahí me mandaba. ¡Váyase a la cola, hasta la cochera! Yo lloraba por sus desplantes pero tiempo después, Madame Dambré me invitó a que yo le diera clases. Otra maestra, un día me estaba esperando en la puerta y me dijo: Gloria, tú no puedes entrar a mi clase, ¿por qué maestra? le pregunté y me dijo: Porque tú, no perteneces a nuestra clase social”. 
 
Hoy, después de toda una vida dedicada a la danza, sabemos que nada impediría que Gloria siguiera su vocación: ni su condición de epilepsia, ni el asma, el pie fracturado, los hijos, los rectores, o las políticas públicas en materia de cultura. 
 
Afuera no paraba de llover y la temperatura había bajado drásticamente, pero adentro, en la salita del Casablanca, la conversación era cálida. Tongolele, es una mujer bellísima y sensual. Sus ojazos de un azul intenso, impecable, altiva. Ella recordaba como en circunstancias adversas había que salir a bailar, en medio de los apagones, bailando a la luz de las velas, y en más de una ocasión, en climas poco favorables. Platicaba también de cómo se fue creando su personalidad enigmática y misteriosa: “Era muy joven, apenas tendría 15 años y con el maquillaje aparentaba 20, pero mis silencios no eran por misterio, era que no sabía que responder, no tenia conversación, no tomaba, ni fumaba y sólo me les quedaba viendo”. Así se iba forjando la leyenda que la mujer que en su danza, fusión de tahitiano con ritmos africanos, movía músculos que ni siquiera sabía que existieran en su cuerpo.
 
Las anécdotas siguieron por varias horas hasta que amainó la tormenta. Yo quede fascinada con el regalo y como mi memoria distraída no es de fiar, abrí enseguida la laptop, para atrapar el recuerdo, convertirlo en palabras y entonces, escribí: “Caminé bajo la tormenta…”