Todo tan tarde 

Por Ana Celia Pérez Jiménez

¡Tarde!, me dice el reloj de mi muñeca, que juega a los latidos de mi corazón; pobre juguete mecánico que pretende tanta precisión. ¡Tarde!, me dicen las oportunidades que con el tiempo se van cerrando, se van escondiendo entre los años y mi vista borrosa; se excusan entre los miedos que crecen como la torta de pastel de cada año y menos trato, también eso acepto, por costumbre del no riesgo, por costumbre de no cambiar nada y seguir tan cómoda, cual domingo a medio día.

¡Muy tarde! me dice el mesero cuando quiero pedir desayuno y han pasado las horas, el menú es distinto, la tarde me quiere arrebatar mi mañana y yo ahí esperando un café con leche, un pan tostado con algo de mermelada; indecisa entre tantas decisiones, platillos con tantos condimentos, cuando yo solo quería unos huevos y chilaquiles.

Pido disculpas, pero ya han partido, esas personas que podrían y debían perdonarme; porque no soy perfecta, pero ya se han ido, le han dado vuelta a la página y yo he quedado en un capítulo ya aparte y me duele. También aquí reaccione muy tarde, no soy como el tendón rotuliano de reflejo inmediato, soy humana y a veces lenta; también tengo derecho en esto a llegar tarde, a estar tarde, no le sé a la omnipresencia y hay realidades y pensamientos que me encuentran despacio.

¡La sociedad y los conocidos me han visto llegar muy tarde!, a la realización, a la felicidad quizá y a mi plenitud y ahí no hablare de excusas o me explicare; porque puede haber mucho tiempo, pero yo siempre he respetado mi ritmo interno. ¡Digan y griten que muy tarde a todo!, ¡y sí, lo aceptaré!, pero muy a tiempo para salvarme me digo, muy a tiempo para seguir viva me consuelo, ¡muy a tiempo y en esta vida me aplaudo! Que el resto y los que pueden girarse hacia mi persona me digan impuntual, que me desacrediten, en ellos viven esos calificativos; en mí siempre la ilusión de más vida, de más años, de más tiempo para devorarlo en mi edad adulta, donde tengo las ganas de una niña por ir a la luna, no para plantarle una bandera, sino para saber que es pisarla y escribirle algunos poemas.