Tijuanatitlán: El tormento – Parte 1

Por Manuel Rodríguez Monárrez

Preocupados por darnos ánimos en una época de penurias y consternados por lo que sucede en Tijuana los héroes de las glorietas del Río se reunieron en privado el pasado domingo después de la jornada electoral. Dicen que la reunión secreta la convocó el Emperador Cuauhtémoc en un café qué está cercano a su pedestal.

Bajo las exigencias de la necesidad, elegantemente vestido acudió a su llamado el Presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln y el General de División Ignacio Zaragoza, quien llegó montado en su relinchante caballo desde la glorieta contigua.

En un inicio el General Zaragoza, pensó que el motivo de la convocatoria era porque desde hacía algunos meses existía el rumor de que el Ayuntamiento de Tijuana los quería reubicar con motivo del relanzamiento de su ruta troncal, pero Cuauhtémoc llamó al orden preocupado porque sentía que derivado de los años que llevaba petrificado como escultura monumental, había acumulado una carga emocional que ya no podía soportar, pues escuchaba a diario como la gente que circulaba por su glorieta había perdido la esperanza en sus líderes y gobernantes.

Cuauhtémoc sentía que Tijuana estaba siendo vulnerada por quienes decían públicamente cuidarla y por eso decidió convocar. Lincoln se sentó a su lado, y en un tono pausado reflexionó sobre lo que Cuauhtémoc comentaba, diciendo que él también escuchaba muchas quejas de los automovilistas en su glorieta pero que eso no era necesariamente algo malo, pues daba cuenta de cómo la opinión pública ya no era totalmente esclava de los intereses ocultos de los gobernantes que solo responden a los que se sienten dueños de la comuna, en cambio lo que si le preocupaba es que los ciudadanos buscaban leer las noticias en las redes sociales mientras manejan y que eso había ocasionado muchos accidentes en su glorieta.

Por su parte, el General Ignacio Zaragoza, les dijo que por lo menos ahora con los semáforos que se van a estrenar en su glorieta esperaba que la gente hiciera alto total, porque a pesar de que él siempre tiene la mano extendida nadie le hace caso y su caballo ya no sabe a dónde voltear de tanto carro que ahora circula en Tijuana. Como buen estratega militar, Zaragoza propuso una alianza entre los tres monumentos históricos para hablar con el próximo alcalde electo para pedirle que de una vez por todas atienda los desafíos y retos que sobre los servicios públicos se le vinieron encima a la ciudad por años de gobiernos corruptos cuyas acciones han quedado una y otra vez impunes. El método sería permitir que la ciudadanía cuelgue mensajes con las necesidades más apremiantes de sus colonias en sus esculturas para que cuando el “verdaderamente” electo y su nueva comitiva pase rumbo a su “Palacio” conociera de primera mano la lista de necesidades más apremiantes por atender como alumbrado, transporte, seguridad, educación, pavimentación y recolección de basura, que siguen sin ser resueltos de forma eficiente en la mayoría de las coordenadas urbanas del municipio.

Después de que Abraham e Ignacio ordenaron sus cafés, Cuauhtémoc prefirió cacao puro para llevar, pues no tenía caso seguir discutiendo en una ciudad en dónde ni las autoridades respetaban el Imperio de la Ley. Antes del amanecer las estatuas volvieron a amanecer petrificadas, sin que ningún automovilista o transeúnte se percatara de su ausencia, pero secretamente quedaron en volver a reunirse.