Tijuana y la mentalidad amarilla

Por Virgilio Muñoz Alberich

El pleito de barrio sostenido por el Ayuntamiento de Tijuana y la agrupación de taxistas amarillos muestra la pobre calidad del debate urbano en una de las principales ciudades del país. Por años, los tijuanenses hemos vivido en el imaginario de nuestra ubicación privilegiada, sin respaldarlo con un planteamiento estratégico de desarrollo claro, ampliamente consensuado, y sin mucho menos una movilización de recursos económicos, políticos y sociales que nos ponga en la ruta de la construcción de una ciudad de vanguardia en la auténtica concepción de una región binacional.

El conflicto con los taxistas amarillos escapa a las diferencias públicas entre la autoridad municipal y una modalidad de transporte. En el terreno del imperio de la ley, Tijuana sufre de impunidad al permitir conductas violentas de taxistas -aún a costa de su imagen nacional e internacional- sin sanciones ejemplares a quienes las cometen. En diseño de política pública, la ciudad está secuestrada por intereses facciosos que exponen a los usuarios de transporte a infraestructura muy similar a la observada a finales del siglo pasado. Desde la autoridad municipal han querido vender la entrada de Uber como una bienvenida a la innovación en la ciudad, cuando sistemas así son apenas una vertiente minoritaria de tantas otras masivas en materia de transporte público.

En lo referente a política social, Tijuana queda a deber. El derecho a la movilidad es el primer eslabón entre el ciudadano y su comunidad. Garantizarle al ciudadano alternativas de desplazamiento eficiente es asegurarle el menor impacto económico a su bolsillo, los mejores tiempos entre su origen y destino, así como mayores niveles de seguridad a su familia en el uso de dichos servicios. En comparación con otras ciudades del país, con menores ventajas comparativas que la nuestra, cualquiera se queda con la conclusión de que nuestra imagen de “vanguardia” y vocación ciudadana deja mucho a desear.

El problema de fondo para los tijuanenses es: ¿cuántas áreas de política pública y de actividad económica están secuestradas por mentes como las dominantes en los taxistas amarillos? Desgraciadamente, muchas. De acuerdo con el Instituto Mexicano para la Competitividad (uno de los think tanks con mayor reputación del país, mejor conocido como IMCO), de las 14 ciudades mexicanas con más de un millón de habitantes, Tijuana tiene la posición número 13 en competitividad. Este análisis riguroso destaca importantes déficits en nuestra urbe en los rubros de estabilidad y funcionalidad del sistema político, innovación en los sectores económicos, explotación eficiente de sus relaciones externas, así como en la prestación eficiente y segura del sistema de transporte público y de movilidad. 

En este contexto es difícil defender los fundamentos que nos ubican en las conversaciones cotidianas como ciudad de vanguardia. En serio, ¿organizaciones binacionales como Smart Border Coalition o Calibaja, asociaciones locales como el Consejo de Desarrollo Económico de Tijuana o la propia autoridad municipal, pueden apostar por la construcción de una región transfronteriza sólida con base en una ciudad donde se imponen en diversos giros las mentalidades de los taxistas amarillos? Existen sectores relevantes para la prosperidad tijuanense donde también imperan intereses protectores a ultranza de sus nichos económicos, inhibidores de la transformación e innovación y resistentes a la rendición de cuentas, a costa de los planteamientos serios de planificación urbana, crecimiento económico e integración regional. De mantenernos en la inercia, seguiremos siendo sólo muy buenos para la foto.