Por Alberto López Zahoul
Al igual que en el artículo anterior, me es imposible no comenzar por nuestra casa: Tijuana. Una ciudad tan bondadosa que, a pesar de los embates, las crisis y sus propias contradicciones, continúa en movimiento.
Pero seamos autocríticos. Veamos a nuestra Tijuana hacia adentro.
Una parte importante del crecimiento económico actual de nuestra ciudad deriva de su crecimiento poblacional. Mucha gente, muchas necesidades, mucha vivienda, mucha construcción, mucho comercio y muchos servicios. Es un motor económico importante, sin duda, pero no necesariamente suficiente para construir una economía competitiva en el largo plazo.
Antes no era exactamente así. Durante muchos años existió un mayor equilibrio entre el crecimiento natural de la ciudad y la llegada de inversiones foráneas, particularmente aquellas orientadas a producir bienes para la exportación. Y muchas de esas inversiones llegaron cuando Tijuana tenía condiciones menos favorables que las actuales.
Hoy contamos con uno de los aeropuertos con mayor tráfico y conectividad del país. Las carreteras conectan nuestros centros productivos con el puerto de Ensenada y los cruces fronterizos. Tenemos instituciones educativas que forman profesionistas y técnicos para atender las necesidades del mercado laboral. Nuestra población es suficientemente grande para responder a buena parte de la demanda de personal. Además, existen empresas nacionales y extranjeras sólidamente establecidas que prácticamente hicieron de Tijuana su residencia permanente.
Entonces, ¿qué nos falta?
Podemos detenernos en seguridad, salud, educación, infraestructura, crecimiento económico, en la situación de Estados Unidos o, por qué no, en México. Todos son factores importantes. Pero debemos entender algo: las inversiones no simplemente se congelaron. El dinero no duerme; siempre encuentra dónde alojarse. Y si no llega aquí con la intensidad que esperamos, seguramente está encontrando mejores condiciones en otro lugar.
Yo planteo algo diferente. Quizá nos falta ese “algo” que nos haga diferentes. Ese plus que vaya mucho más allá de vivir a un ladito de la economía más grande del mundo. Nuestra ubicación es privilegiada, pero no puede ser nuestra única ventaja competitiva. Y construir esos diferenciadores es responsabilidad de todos los que aquí vivimos.
Lo que planteo a continuación debe entenderse como una pregunta: ¿contamos realmente con ello o no? No se trata de señalar culpables. Se trata de hacer un ejercicio de autocrítica. Sólo reconociendo nuestras fortalezas y, especialmente, nuestras carencias podremos construir una región diferente.
Empiezo: ¿Tenemos estándares de calidad suficientes en nuestras empresas locales? ¿Autoridades resolutivas? ¿Visión de largo plazo? ¿Seguridad para las empresas y sus inversiones? ¿Combatimos eficazmente la extorsión y la impunidad? ¿Contamos con suficientes profesionales y con la preparación que demandan las nuevas industrias? ¿Tenemos incentivos y garantías para la inversión? ¿Está asegurado el suministro de electricidad, gas y agua? ¿Contamos con proveedores confiables y cadenas completas de suministro? ¿Tenemos un sector empresarial verdaderamente participativo? ¿Existe un plan económico regional que trascienda administraciones? ¿Promovemos adecuadamente nuestra región en el extranjero? ¿Generamos y comunicamos las buenas noticias de Tijuana? ¿Existe verdadero alineamiento entre los distintos niveles de gobierno?
Se necesita accionar un plan con objetivos claros. Uno bueno. Uno real. Uno medible.
Y aquí surge otra pregunta: ¿hemos logrado sentar en una misma mesa al gobierno para facilitar, a la empresa para invertir, a la academia para formar profesionales, a la sociedad para participar y legitimar, y hacerlo bajo el respeto al medio ambiente para que ese crecimiento sea sostenible?
Es lo que hoy conocemos como la Quíntuple Hélice: gobierno, empresa, academia, sociedad y medio ambiente trabajando alrededor de una misma visión.
Pero ¿hemos escuchado realmente hablar de esto? ¿Quién está hablando del Tijuana de los próximos 20 o 30 años? Y cuando alguien lo hace, ¿quién lo secunda?
Sí existen planes municipales, estatales y nacionales. El problema es que muchas veces se quedan cortos, pierden continuidad o no se traducen en resultados visibles. Como dije en el artículo anterior, necesitamos un compromiso fáctico, con objetivos medibles y resultados palpables.
Roma no se construyó en un día. Pero también es cierto que cada día que postergamos el inicio es un día más que necesitaremos para llegar a donde queremos estar.
Hoy buena parte de nuestra conversación está atrapada en la coyuntura. Estamos más expuestos a los escándalos, a los audios, a saber quién es el político que se quedó sin visa o si extraditarán o no a determinado gobernador con licencia, que a discutir aquello que verdaderamente tendrá trascendencia dentro de diez, veinte o treinta años.
El escándalo de hoy será sustituido por el de mañana.
Las decisiones económicas que tomemos hoy, en cambio, determinarán la Tijuana en la que vivirán nuestros hijos.
Recuerdo con cierta nostalgia momentos en los que sí fuimos capaces de construir acuerdos que miraban más allá de una administración: los institutos municipales de planeación, los ejercicios del Plan Nacional de Desarrollo o acuerdos como el Pacto por México. Con todos sus aciertos y errores, existía al menos el intento de construir una visión que trascendiera la coyuntura.
No necesitamos copiar esos modelos. Necesitamos recuperar algo más importante: la capacidad de sentarnos, ponernos de acuerdo y pensar más allá del siguiente periodo de gobierno.
Tijuana ya tiene ubicación, población, industria, talento, infraestructura y experiencia.
Ahora falta responder una pregunta mucho más importante: ¿Tenemos una visión común de hacia dónde queremos llevarla?







































