The Anderson’s

Por Dionisio del Valle

Santa Bárbara es una ciudad pequeña, tranquila, en donde parece que nunca pasa nada. Se necesita ser buen observador para darse cuenta que, en realidad, no es así. Antes que nada debe uno saber que está en el más rico poblado del estado más rico del país más rico del mundo. Cuando deambula uno por sus calles entiende por qué alguien tuvo la peregrina idea de hacer un pódium, al más puro estilo olímpico, de los países que existen en este atribulado planeta llamado Tierra: Primero, segundo y tercer mundo. Para fortuna nuestra y en desagravio de nuestras penas personales, ya somos del segundo mundo, si a los estándares gringos nos referimos, desde que se disolvió casi como por arte de magia, la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas o, como se les conocía en los viejos atlas de geografía universal, la URSS.

Pues resulta que, lo que sí sobrevive hasta nuestros tiempos, y seguirá por muchos años, es el primer mundo y Santa Bárbara, California está ahí para demostrarlo. Los Estados Unidos son el país número uno en importación de vinos a nivel mundial. Su consumo per cápita alcanza ya los 12 litros por persona al año, mientras que en México rondamos los 600 mililitros. Este cálculo se basa en la cantidad de vino que se vende en el vecino país, independientemente del vino que entra y que, un poco después, es exportado a otros países para ser consumido finalmente. Dicho de otro modo, no hay otro país en el mundo que reciba tal cantidad de vino no necesariamente para ser consumido internamente, sino para ser comercializado a otros países, pasando por la aduana local. De la diferencia entre lo que se consume en el país y lo que se exporta, ya sea local o importado, obtenemos el dato que mencionamos líneas arriba.

De regreso en la pequeña ciudad de Santa Bárbara podemos afirmar que es cuna de una zona productora de magníficos vinos y que, algunos de sus restaurantes más emblemáticos, presumen en sus cartas una importante variedad de vinos autóctonos. The Anderson’s es un sitio que merece especial mención. Si bien es cierto se localiza en la avenida principal de esta pintoresca ciudad, no podemos decir que se trate de un restaurante típicamente turístico, al contario, parece que hay un sutil empeño por presentar sus cartas credenciales como un lugar para gente local.

Para abrir boca nos da la bienvenida una copa de un vino que se ostenta como “de la casa”, y sí que lo es. Se trata de un Chardonnay del 2007 de nombre Kalyra, proveniente de los fértiles valles de Santa Ynez, con aromas de piña y caramelo en la primera nariz. La mantequilla y los recuerdos minerales se hacen presentes apenas se le hinca el diente a la deliciosa brocheta de pan con jitomate que le hace compañía. Pero es un soberbio Pinot Noir el que se llevará las palmas esa tarde. El vino llega acompañando a un pequeño pero extraordinario trozo de pescado (lenguado) cocinado al romero con salsa de Sauvignon Blanc y un chutney de frutas tropicales con limón que, si no fuera por la higiénica labor de la impecable servilleta, hubiera estado para chuparse los dedos de ambas manos. Cierra la velada un postre de impecable elaboración y de no menos elegante nombre: María Antoinette. Base de almendra con chabacano y frambuesas que se hace acompañar de un extraordinario vino de la isla de Madeira, un Blandy’s elaborado con la endémica uva Malmsey y que presume en la botella los cinco años de añejamiento de que fue objeto antes de salir a la venta. Vale la pena aventurarse un poco más allá de San Diego y sus confines. Les puedo asegurar que, como pasa en casi todo el mundo, en los lugares donde se produce buen vino casi siempre habrá de encontrarse buena cocina, aunque esta no sea autóctona. El caso es no meter el freno sino hasta haber perdido de vista la enorme e intrigante ciudad de Los Ángeles, nuestro otro México.

Vino de la Semana

Claiborne and Churchill 2007

  • Pinot Noir
  • San Luis Obispo County (Edna Valley)
  • California

 De matices claros y carácter alegre, este vino fermenta en barricas de roble francés por un periodo relativamente corto, seis meses nada más, con la intención de destacar las suaves notas frutales típicas de esta variedad, evitando que la madera se imponga y avasalle la delicada acidez característica de los buenos vinos elaborados con esta cepa. El viñedo se ubica en Edna Valley, una de las AVA (American Viticultural Area) más afamada en la región. Sus aromas nos recuerdan a la nuez moscada, con sus notas de geranio y alcanfor, también el olor de las moras frescas y un final que recuerda las notas envolventes de la menta y la yerbabuena. Una verdadera explosión olfativa. Su nombre parece el título de una película de vaqueros, quizás para recordarnos que se trata de la versión norte americana de los grandes vinos borgoñones.