Teruel y sus amantes

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

En una de tantas visitas a España convencí a Valente que fuéramos a Teruel pero no para ver a sus famosos amantes, sino para disfrutar de toda la arquitectura mudéjar que predomina. Pero confieso que ya estando ahí y después de que llegar nos llevó mucho tiempo no podíamos dejar de pasar a verlos.

Esos amantes medievales turolenses, cuya leyenda se sigue escuchando a través de los siglos y que se supone yacen enterrados juntos e inmortalizados con efigies sobre sus tumbas, simulando estar tomados de la mano pero que no logran tocarse para representar el amor eterno que en vida no se consolidó entre Juan Martínez de Mancilla e Isabel de Segura. Ella era hija de un rico comerciante y él provenía de una familia con menos dinero. Los jóvenes se encontraron un día en el mercado y se quedaron perdidamente enamorados desde el primer momento que se vieron.

Es fácil adivinar que el padre rico de Isabel jamás permitiría que se casara con alguien que no era de su clase e Isabel a pesar de estar profundamente enamorada siempre dejó claro que no se casaría sin la aprobación de su padre. Así que el enamorado joven le pidió a su amada que le diera la oportunidad de formar un patrimonio para poder pedir su mano. Juan Martínez de Mancilla se puso como plazo cinco años, solicitándole a la joven Isabel que lo esperara mientras él participaba en la reconquista de España del dominio de los moros.

El padre de Isabel necesitaba garantizar un buen trato y comprometió a su hija con Pedro de Azagra, señor de Albarracín. Como ya se habían cumplido los cinco años la chica accedió al compromiso ante la incertidumbre de no recibir noticias de su amante pensando que había muerto en batalla. Cuando regresaba su amado de la guerra contra los musulmanes, lo hacía con mucho dinero resultante de su recompensa y cumpliendo su promesa a Isabel. Pero cuál sería su sorpresa descubriendo que su amada Isabel incumplió la suya de esperarlo.

El joven enamorado y despechado busca una oportunidad para reprocharle a Isabel que no lo esperara; pero Isabel al estar casada sabía que su amor no sería posible y le pidió a Juan que se alejara, él con un profundo dolor le pidió un último beso, que su amada le negó provocando que su amante muriera en ese momento prácticamente de desamor.

Cuando se llevaba a cabo el sepelio del enamorado, la joven Isabel llegó para darle el beso negado a Juan en reciprocidad al gran amor; pero al hacerlo murió también ella instantáneamente mientras besaba su boca inerte. Cuenta la leyenda que la historia de lo sucedido la narró Pedro de Azagra, esposo de la joven Isabel pues sabía lo que había pasado con Juan. Ante esta dramática historia se encargó que fueran enterrados juntos para sellar su eterno amor.

En unas excavaciones por obras en la Iglesia de San Pedro en Teruel se encontraron dos cadáveres momificados con un documento que relataba lo sucedido con los amantes; pero van y vienen especulaciones que aumentan la posibilidad que sea sólo una leyenda y los cadáveres no sean de ellos; sin embargo, la historia ha sido adoptada y creída por el colectivo y algunos pintores la han representado y hasta les hicieron una ópera. Para apoyar la leyenda en 1955 Juan de Avalos Taborda realiza la escultura funeraria que está en el mausoleo de los amantes inaugurado en 2005 que termina de inmortalizar a los amantes.