Terroir en agonía

Daniel Salinas Basave

Terroir es una expresión francesa que define la conjunción del suelo, el clima y el ser humano en plena interacción para elaborar un vino.

La composición y formación de los suelos influyen muchísimo en el carácter de los vinos por la forma en cómo absorben la humedad, su contenido mineral y su ecosistema de microorganismos.

Sin embargo, al final del camino, son las manos humanas quienes ponen el toque final y la firma. La última palabra es de quien hace el vino. La identidad vitivinícola está determinada tanto por las cepas usadas en su elaboración como por la tierra donde se cultivan.

La geología, la composición de los suelos, la lluvia, el riego y el clima están presentes en el vino que estás bebiendo, pero más allá de la variedad de uva, de la tierra y del viñedo, está un grupo de personas interpretando y transformando el entorno e imprimiendo un sello personal en cada cosecha. El vino es mucho más que una moda, un folclor turístico, un símbolo de sofisticación o estatus social.

Aquí, en la Latitud 32°, en este clima mediterráneo de suelos arenosos, calcáreos, graníticos o gravosos está el corazón de la producción vitivinícola mexicana. Ocho de cada diez botellas de vino mexicano emergen de los valles de Guadalupe, Santo Tomás, Ojos Negros o San Vicente.

Esta tierra peninsular que por millones de años fue fondo marino y que representa una de las formaciones geológicas más jóvenes de la Tierra, empezó a ser cultivada por misioneros jesuitas en el Siglo XVIII y ha resultado ideal para plantar una rica variedad de uvas como Misión, Grenache, Carignan, Tempranillo, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Malbec, Petit Verdot, Nebbiolo, Barbera, Dolcetto, Zinfandel, Syrah, Mourvedre, Cinsault, Petite Syrah, Pinot Noir, Sangiovese y Aglianico, si hablamos de tintos y Palomino, Chenin Blanc, Sauvignon Blanc, Chardonnay, Viogner, Colombard y Moscatel si hablamos de blancos.

¿Cuál es la esencia e identidad del vino bajacaliforniano? ¿Cómo es que ese Tempranillo o ese Cabernet del valle ensenadense que bebemos en este momento puede tener una personalidad tan diferente a la de un Tempranillo o un Cabernet de cosecha española o italiana?

El vino es un pasaporte universal, afirma Hugo D’Acosta. Cierto, es un pasaporte y también un idioma planetario pero con un carácter heterogéneo. Cada vino en el mundo encarna lo más profundo de la cultura de la tierra de donde emerge.

Por desgracia, para una caterva de sucios empresarios y autoridades corruptas, la tierra bendita de donde emerge el mejor vino mexicano es sólo un lugar de moda al que hay que exprimir prostituyendo su vocación y esencia.

De pronto, a algún promotor chupasangre se le ocurrió que nuestro valle vinícola es ideal para realizar eventos masivos para decenas de miles de asistentes. Si en su camino se atraviesan unas 25 hectáreas de encinos, huizaches, cactáceas, vides y plantas nativas, pues no pasa nada. Tan simple como arrasarlas en tiempo récord, aplanar la tierra con maquinaria y montar su centro de espectáculos para convocar hordas de basura buchona ávidas de mierda grupera.

Y de pronto, en un abrir y cerrar de ojos nos encargamos de joder nuestro edén. ¿Quién se está beneficiando de esta depredación? Cuestión de seguir la ruta del dinero. ¿Estaremos aún a tiempo de salvar nuestro edén vitivinícola? ¿Podrá el nuevo gobierno hacer respetar la vocación y el espíritu de esta noble tierra? Muchas más dudas que certezas.