Tercia de Reyes

 

Por Dionisio del Valle

Yo la verdad desde chiquito le pedía mis regalos a Baltazar; no es que Melchor y Gaspar me cayeran mal, de ninguna manera, al contrario, pensaba que entre tres pues me tocarían más regalos que de parte de uno solo. Lo que pasa es que siempre me impresionó más el negrito montado en un elefante que los otros dos güeros subidos en un típico caballo y en un clásico camello.

Además mis papás me decían que la noche del cinco de enero había que dejar un vaso de leche y un pedazo de pan o una galleta porque los reyes magos venían desde muy lejos, flacos, ojerosos, cansados y sin ilusiones, lo que me ponía de verdad triste y angustiado. Siempre sospeché, sin embargo, que las viandas eran algo así como una especie de mordida o chantaje, pero pues así era la jugada.

El seis de enero por la mañana corría yo al árbol, o lo que quedaba de él, porque la verdad ya para la primera semana de enero el pobre pino estaba más seco que una piedra del camino y de lo verde nomás el recuerdo.

Asombrado confirmaba que de la leche no quedaba ni su sombra y la galleta se había esfumado para siempre. Pero la verdad es que la cosa no era pareja. ¿Tres reyes y nada más unos calcetines? ¡No es justo! Y mi papá me decía: ¿qué será lo que tiene el negro? Y yo respondía, la verdad no sé, si la cartita era de lo más explícita, una bicicleta de carreras, dos raquetas de tenis y un par de tenis Nike, más claro ni el agua.

Aquél 6 de enero me metí a internet, como cualquier chico inteligente de mi generación para tratar de averiguar lo que había pasado. Descubrí entonces que Melchor era un antiguo rey de lo que hoy es la república de Georgia, a orillas del Mar Negro, a dos cuadras de la Federación Rusa casi esquina con Turquía. Y, a que no saben qué descubrí: junto con Armenia son los dos países en donde se han encontrado los vestigios más antiguos de producción de vino en todo el mundo.

Luego viene Gaspar. Aunque ustedes no lo crean el mago Gaspar nació en algún lugar de la India, aunque algunos historiadores lo ubican en lo que hoy se conoce con el nombre de Tayikistán, al norte de Afganistán, al sur de Uzbekistán, al oeste de Kirguistán y al este de Aquí sístán, es decir, ahí mero. Lo más curioso de todo es que el tal Gaspar llevaba incienso, es cierto, pero también un par de botellas de vino a sabiendas que en ese entonces no había Oxxos en el camino y la verdad, aventarse todo el trayecto a secas, pues como que no era lo más divertido. Y es que una cosa es el camello, que puede aguantar hasta 500 kilómetros nomás con el agua acumulada en la joroba y otra que Gaspar se jorobe sin tomar nada hasta llegar a tierra santa. Se dice que se dejó venir con un par de galones de vino comprados en Mesopotamia y que luego rellenó las ánforas en lo que hoy conocemos como Líbano, en donde ya desde entonces se hacía muy buen vino.

Ya luego llegó Baltazar o Baltasar, como ustedes gusten.  El moreno venía de un lugar que hoy se llama Iraq. Y a él sí ni quien le gane. Nacido en lo que los clásicos llaman la cuna de la civilización, es decir más o menos entre los ríos Tigris y Eufrates, el buen Baltazar llevaba consigo unas anforitas de vino (no había botellas en ese entonces) que le dieron vigor y energía para llegar a su destino. De hecho, fue tal el éxito del vino que muchos de los incipientes agricultores de la zona le pidieron al rey oriental que, de regreso a su tierra, les mandara unos piecitos para plantarlos en lo que pronto sería conocido como tierra santa, a lo que Baltazar accedió gustoso, inaugurando así la llegada de la vid al medio oriente, camino inminente hacia el occidente.
Si ya decía yo, por eso me identificaba con el rey Baltazar más que con ningún otro. Y es que, si no hubieran llegado las vides desde allá, Jesús nunca habría hecho el milagro de transformar el agua en vino, algunos años más tarde, cuando ya siendo adulto joven se dio cuenta que no hay milagro más jubiloso y alegre ¡que aparecer vino los días de fiesta!  Desde ese día aprendí que lo que vale la pena es pedirles a los reyes dos cosas: una buena botella de vino y ¡que no se hagan rosca!