Templo Mayor

Por Pedro Ochoa Palacio

A Carmen López Portillo.

De la bella y notable arquitectura prehispánica del México antiguo destaca la compleja edificación del Templo Mayor en la Ciudad de México. Descubierto originalmente un fragmento en 1914 por el arqueólogo y antropólogo Manuel Gamio (luego sería el primer estudioso del fenómeno migratorio mexicano hacia los Estados Unidos), no fue revelado en su totalidad hasta 1978 por una cuadrilla de trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. La expropiación de los predios interesados y la intervención del Instituto Nacional de Antropología serían decisiones del presidente José López Portillo, quien asume el proyecto como una prioridad cultural de gobierno. Las excavaciones fueron dirigidas por el brillante arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma de 1978 a 1982.

Ubicado en la esquina que hoy forman Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana, el Templo Mayor fue construido en el sitio donde los aztecas encontraron a Huitzilopochtli simbolizado por un águila devorando una serpiente. Esa fue la señal para construir el axis mundi, el eje del poder ceremonial y político. Recordemos que el Estado Azteca era teocrático, por lo cual, el emperador era considerado de origen divino, tocado por los más altos dioses.

El Templo Mayor estaba dedicado a las prominentes figuras de Huitzilopochtli y a Tláloc ambos en la cúspide de la pirámide, las dos principales pasiones de los aztecas, la guerra y la agricultura y Chac Mool al centro de la escena. Pero también lo integraban el Palacio de los Guerreros Águila, el Palacio de los Guerreros Jaguar. Un punto destacado es el dedicado al dios del viento Ehécatl. También se incluía un Tzompantli (altar de calaveras) y, por supuesto, una piedra de sacrificios, una cancha de juego de pelota y un Calmécac. Era la sede de los elegidos.

Pero al Templo Mayor lo distinguen dos aspectos fundamentales, por un lado, se trata de una serie de construcciones sobrepuestas. Cada piso o nivel representa a un emperador azteca. Me explico: el emperador construía su pirámide sobre el anterior, usándola de base, pero la construía de mayores dimensiones, en este sentido, al menos se distinguen siete etapas constructivas.

Y, por otro lado, es una representación simbólica del Cerro Coatepec en el cual sucede uno de los mitos fundacionales de Tenochtitlán: Que mientras la diosa madre Coatlicue se encontraba en su labor, cayó sobre ella una bola de plumas que guardó en su seno y quedó embarazada. Su hija Coyolxauhqui, furiosa, no se lo perdonó y organizó a sus 400 hermanos para quitarle la vida, porque la deshonraba. Pero el hijo que nacería de ese embarazo místico sería Huitzilopochtli, dios de la guerra, quien calmaba y clamaba a su madre, diciéndole que no se preocupara, que él se haría cargo de su seguridad.

Huitzilopochtli nace como un poderoso guerrero ataviado de armamento invencible y se puede imponer a Coyolxauhqui y a los 400 hermanos y salva la vida a Coatlicue, por eso Coyolxauhqui yace desmembrada y sin vida al pie de la pirámide.

Coyolxauhqui ha quedado en el inconsciente colectivo como el símbolo del Templo Mayor, pero en realidad se trata de una deidad caída, derrotada por su propio hermano, Huitzilopochtli, quien vengó a la madre de ambos Coatlicue. Lo interesante es que el mito se convirtió en algo concreto, de leyenda a pirámide. En la cosmogonía azteca Coyolxauhqui se transformó en la Luna, los 400 hermanos en las estrellas del amplio firmamento y Huitzilopochtli es la imagen del Sol, que vence a la Luna, todos los días.

El Templo Mayor fue el escenario político y ceremonial más importante de los aztecas, desde allí dominaban su ancho imperio. Fue admirado por Cortés y sus soldados la compararon con Venecia, por los canales perfectamente bien trazados que le rodeaban. Fue también sede del encuentro entre Cortés y Moctezuma, así como la dolorosa aniquilación que perpetraron los españoles contra los aztecas en 1520: “durante la fiesta anual que celebraban los nahuas en honor de Huitzilopochtli, Pedro de Alvarado, uno de los soldados cercanos a Hernán Cortés, aprovechó la ausencia de éste para perpetrar la matanza del Templo Mayor. Ese oprobioso pasaje, que precedió a la derrota de los españoles en las inmediaciones de Tacuba, es recogido en la Visión de los vencidos de Miguel León Portilla”. (Proceso, 3 de abril, 2019).

Hoy el Templo Mayor puede ser admirado en el Centro de la Ciudad de México, y el Museo de éste y otros descubrimientos.

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