¡Te digo cómo!

Por Maru Lozano Carbonell

No hay nada más placentero que enseñarle a alguien a hacer algo. Un niño que le enseña a su hermanito a jugar o le muestra un camino, ¡goza! Formar algo en la mente de alguien, contribuir a su habilidad y acompañarlo de principio a fin es ¡lo máximo!

Justo eso sentimos los maestros, más los que tenemos edad de ver pasar generaciones y encontrar a nuestros alumnos ya grandotes sintiendo una enorme satisfacción al haber contribuido en algo a ese crecimiento.

¿Cuándo se hunde el estómago? Cuando los docentes que trabajan en escuelas privadas que no dan seguridad social o afilian con el mínimo, por ejemplo. Que si renuncian o hay despido, es con el salario mínimo con el que los tienen registrados. Si hay incapacidad, es bajo ese raquítico salario.

Se hunde el estómago cuando no pagan días festivos o recesos de semana santa o meses como julio y agosto. Un día saqué la cuenta y, de los 365 días que tiene el año, 180 días no recibe dinero el docente que trabaja bajo estas condiciones. Imagínate cuando se quiere acumular puntos en Infonavit o Afore y pues así no se puede.

Se hunde el estómago cuando los padres de familia dicen: “En la casa mi hijo no es así como usted dice, ¡qué raro! Haga de cuenta que me habla de otra persona”.A todos los docentes nos encantaría que comprendieran que su hijo no está acompañado de veinte compañeros más por horas enteras, teniendo que asegurarnos los maestros de que todos -absolutamente todos- comprendan y sean capaces de brillar en todas las materias.

Se hunde el alma cuando un padre de familia se expresa negativamente de uno como docente. Ni se imaginan los programas torcidos que nos entregan y que uno tiene que enderezar a escondidas del gobierno y de la dirección de la escuela. Ni se imaginan que del sueldo ponemos para los plumones del pintarrón porque en la mayoría de las escuelas te dan uno o dos al inicio del ciclo escolar y di que te fue bien; ya ni mencionemos decoración, frisos y diversos recursos para el aula. ¿Lo más caro? Nuestros datos de internet y ¿lo más preciado? Nuestro tiempo.

Y digo nuestro tiempo porque, aunque no te molesten después del horario laboral, los maestros siempre estamos preocupados por nuestros alumnos, chiquitos o universitarios, son nuestros proyectos sagrados. No queremos fallar, queremos dar más, lograr que se sientan bien y sobre todo, que sean académicamente exitosos. ¡Los amamos! ¡Pasan más tiempo de calidad con nosotros que con ustedes!

Papás, los maestros no estamos locos, los maestros no somos flojos, los maestros no somos seres que se pueden patear emocionalmente. Créanme, nadie conoce a sus hijos mejor que los maestros y, si bien es cierto, los hay pésimos, consideren con empatía antes de pensar mal de uno.

Revisen el índice de cada libro que sus hijos llevan para que observen los temas y sientan por un momento, lo difícil que es conjuntar textos, burocracia, tecnología, presión, expectativa y realidad.

¿Te digo cómo? Esto es lo que todos los seres humanos queremos: Enseñar, dejarse enseñar, aprender y gozar el proceso. ¡Felicidades a todos los maestros y maestras que deciden enseñar a pesar de las críticas y tanta dificultad.