Tampoco nos cayó el 21  

Los Mitos del Bicentenario

Por Daniel Salinas Basave

El 2021 fue una secuela mediocre del 20, una patética versión light del Apocalipsis del año anterior. La última columna del año pasado en este mismo espacio se tituló Nunca nos cayó el 20. Pues bien, hoy podemos afirmar que tampoco nos cayó el 21.

Releo lo que escribí hace exactamente 365 días: “Existe el natural deseo de dejar atrás, de atravesar una línea este 31 de diciembre y sentir que comenzamos de nuevo, comer doce uvas y rogar porque el 21 no venga con un cuchillo desenvainado. La realidad es que los primeros meses del 2021 serán casi idénticos a este momento. Acaso los vientos secos sean sustituidos por lluvias, pero los pésames y los obituarios seguirán siendo nuestro ritual de lo habitual. Acaso entrando a la primavera llegue el momento en que la vacuna pueda ir inmunizando gradualmente a un núcleo poblacional considerable y poco a poco los hospitales dejarán de estar saturados”.

La realidad es que el espíritu del 20 fue omnipresente durante todo el 21, no sólo los primeros meses. La ansiada liberación total jamás llegó y la sombra de la enfermedad se mantuvo como una lapa terca.

Cierto, nos vacunamos y eso nos fue generando un poco de confianza, pero al final de cuentas celebramos Navidad con miedo y cubrebocas por la irrupción de la variante Ómicron, que irrumpió en la nueva temporada como esos monstruos de película chafa capaces de revivir cuando ya los han matado mil veces.

Cierto, atrás ha quedado el terror y la oscura incertidumbre que nos envolvían en abril y mayo del 2020, cuando yacíamos paralizados, encerrados a piedra y lodo, haciendo sólo salidas indispensables envueltos en “trajes de astronauta”, esterilizando cada objeto traído del exterior y sintiendo que la enfermedad cabalgaba como jinete apocalíptico por la esquina de nuestra casa.

Cierto, en el 21 nos relajamos e íbamos y veníamos portando sin mucha convicción un cubrebocas cada vez más percudido y paseado, pero jamás llegamos a sentirnos del todo libres.

Cierto, nos fuimos de vacaciones, los espectáculos públicos volvieron, las finales del futbol en diciembre se celebraron con estadios llenos, pero la incomodidad y el miedo no acaban de exiliarse.

Nuestro hijo Iker pasó los doce meses del 21 tomando clases virtuales, yo multipliqué hasta el hartazgo mis actividades en zoom y sólo tuve un único evento libresco presencial en todo el año, mismo que celebré con boca y nariz rigurosamente cubiertas.

Me siento afortunado y agradecido pues llegamos al final del año con salud y estabilidad económica. Todos en mi familia estamos vacunados con una doble dosis de Pfizer y esperamos concretar el refuerzo antes de un mes. Estar sano y no haber caído en bancarrota ya son dos triunfos dignos de celebración y reseña, pero siendo brutalmente honesto el 21 no me gustó.

En un ejercicio de autocrítica, puedo decir que en lo profesional ha sido mi año más flojo en muchísimo tiempo. Mi único pez en la red es la nueva edición mexicana de Juglares del Bordo a cargo de Nitro Press, que en verdad ha quedado linda y hay un sui generis proyecto en puerta que esperamos concretar la próxima primavera.

Termino el año con la sensación de que el 21 nunca acabó de arrancar, pero supongo que cada quien habla como le va en la feria. Al final del día, todo hace indicar que estamos vivos, con una mala salud de hierro y con ganas de darle vuelta a la tuerca. ¿Nos caerá el 22? Corren apuestas.