Sueño en pautas

Por Ana Celia Pérez Jiménez

A veces me gustaría saber, ¿qué hay más allá del miedo?, ¿de la sabiduría?, ¿de la realización plena? ¿Quién está? ¿Estaré yo?, ¿estará dios?, ¿estará la luz que siguen todos al final para solo ser reiniciados? ¿Quiénes somos cuando ya somos? Somos el verbo ejecutando en nuestro nombre, somos seres logrados y un destello sale del tercer ojo, ¿y el universo en silencio aplaude? Tantas cosas se esconden en esa cortina, en ese horizonte que no se pierde, en esa meta y línea vendida, pero siempre está lejos y las pocas veces que la he atravesado o ella a mí no ha pasado nada, no soy otra, no me llueven aplausos o elogios, sólo hay más de lo mismo, más de todo y uno más en paz; más realista pareciera, más en uno y como que la ropa se ajusta bien y los zapatos son ciertamente de la medida, ¡vaya alegría que no se saborear en el momento!

Y el después me llega, lo pronunció y lo pienso, el después vestido de esa promesa, el después… una arrogancia humana como si estuviéramos certeros de que siempre existirá al mencionarlo, lo sentimos tan seguro como cuando negamos la mortalidad de nuestros padres. Y ahí estando en él no llega nada y si el tiempo es inventado, ¿y si el después es una farsa, un Papá Noel, un conejo de pascua? El tiempo lo llevamos en la muñeca, en la pared y él no nos lleva a nada, ni los granos de arena lo contienen, ni Galileo supo atraparlo. Quizá el tiempo no es numérico, ni facetico, quizá el tiempo es el engaño de tenerlo para así poder derrocharlo, nos gusta pagar con lo que no tenemos.

Yo no tengo paciencia, tengo intolerancia a los momentos, solo se digerirlos cuando ya son recuerdos. Yo amo en pasado me cuesta en presente, la vida juega conmigo pero yo también le sigo cambiando fichas, me embriago en su tragamonedas casi todo los días y así se me pasan los meses, los años, pensaba decir “la vida misma” pero no se me va ella y no me consta que se pertenezca a sí misma. Tantos rostros he extraviado en el acontecer de mis días y aun no encuentro el botón de emergencia, el que frene todo, donde todo se impacte en la ventana del espectador, del ser interrogado, ver mis traumas, mis apegos, mis acciones, mis consecuencias todas chocando, coloridas, derramando todo, en un absoluto ¡hasta aquí! Y yo sentada en la silla de la esquina con el cronómetro en mano y una breve carcajada que me llevó de golpe a despertarme de mi siesta en un frío mediodía.