Somos gritones

Por Adriana Zapién y Valente Garcia de Quevedo

El sábado tuvimos la cata mensual de nuestro club de vinos ardogorri, y puedo decir que si bien todas son geniales, esta ha sido una de las mejores de las que tengo memoria por tres razones: la primera fue que el lugar es una de esas joyas escondidas que cuando las descubres quieres tenerla en tu colección de lugares; con una comida maravillosa creada por dos cocineros italianos que le pusieron ese toque sofisticado a la experiencia. Amo conocer el mundo pero cuando el mundo viene a ti es como viajar sin salir de casa.

La segunda razón fue porque los vinos seleccionados estuvieron a la altura y a la par, haciendo difícil la votación. Además, se logró un maridaje fabuloso por la explosión de sabores y la tercera razón fue porque en ese ambiente italiano comenzamos a sentirnos como en casa y eso hizo que nos relajáramos más, haciendo nuestra cita súper divertida.

Bajo ese goce, es inevitable no reír a carcajada y hablar fuerte, podríamos decir alto, o más bien se podría definir que gritamos jajaja. Sí, los mexicanos somos gritones, pero no sólo los mexicanos; también lo son los italianos, cosa que se puede comprobar cuando vistas su país. De hecho mi prima Fernanda Ríos cuenta que cuando estudió italiano su grupo siempre tenía dos clases de diferente nivel al mismo tiempo, pues se aventaban la clase que les tocaba y la clase del maestro del salón contiguo. Y viceversa.

Ah pero los españoles tampoco se quedan atrás, de hecho la competencia de quiénes son los más gritones de Europa se la dan entre los italianos y los españoles. Los mexicanos somos intensos, hablamos alto, reímos a carcajadas y gritamos de felicidad. Podemos juntarnos cinco personas y sonamos como veinte, y por eso que cuando viajamos no pasamos desapercibidos. Razón suficiente para nos pidan que le bajemos el volumen, nos volteen a ver raro o de plano cuando ven lo que gozamos, se suman a la fiesta. De esta parte cultural es importante que tomemos conciencia sobre todo cuando viajamos a países que tienen hábitos, educación y costumbres totalmente opuestas.

Por ejemplo cuando estuvimos en Japón con nuestra amiga Yayoi (ella japonesa casada con un mexicano) tenía que advertirnos en todo momento sobre la importancia del silencio. Para el japonés la cacofonía de nuestras charlas es un reflejo de mala educación, teníamos que platicar en voz baja en el tren, en el restaurante, en la cafetería, en todos lados. Era impresionante que en el tren todos los japoneses viajaban en silencio y con audífonos para escuchar en privado sus dispositivos móviles y no veías a nadie hablando por teléfono en el metro, porque incluso al igual que el tren está prohibido

En Japón el silencio es un arte y una muestra de respeto, por esa razón permea en todas sus costumbres. “Haragei” es la palabra que define esto y significa el arte del vientre. El silencio les ayuda a mantener la estabilidad y evitar conflictos; eso es parte de la cultura japonesa para mantener la armonía social.

Para cerrar esta plática sólo me resta decir que cuando en la cata estábamos riendo al unísono a carcajadas, el propietario italiano se acercó a nosotros para pedirnos de una manera amable que le bajáramos un poco la intensidad al bullicio; pero viniendo de un italiano lo tomamos poco en serio; sin embargo, fuimos empáticos y terminamos la fiesta en la casa del tío German quien nos dejó reír hasta que no pudimos más.