Sinfonías de la destrucción

 

Por Daniel Salinas Basave
 
Imaginen por un momento una gran imperio desahuciado que reloj en mano aguarda su hora fatal, como un condenado a muerte cuya ejecución tuviera fecha y hora marcadas. Así aguardó su final Constantinopla en 1453, sin otra esperanza de vida que no fuera la de una intervención divina. Los ángeles no bajaron del ortodoxo cielo a salvarlo. El Imperio Bizantino pereció a manos de los turcos después de una larga y torturante agonía. La historia de la humanidad está infestada de batallas y carnicerías, pero son muy pocas las que han transformado para siempre el rumbo y la cartografía de la geopolítica mundial. 
 
La caída de Constantinopla torció la ruta de millones de seres humanos. Vaya, para no ir más lejos, el descubrimiento y conquista de América fue una consecuencia directa de la debacle bizantina y la historia de México sin duda hubiera tomado otro rumbo de haber sobrevivido este imperio que marcaba la frontera y el punto de equilibrio entre Oriente y Occidente. Sin la caída de Constantinopla es muy posible que no se hubiera escrito la historia de Colón ni la de Hernán Cortés y compañía. La conquista de América se hubiera producido de todas formas, pero sin duda se hubiera retrasado. 
 
Sí, hoy por vez primera en Mitos del Bicentenario no hablamos de un tema estrictamente mexicano, aunque al final Constantinopla tiene mucho que ver con nosotros. Una corriente historiográfica clásica, marca el inicio de lo que llamamos Edad Media en el año 476, cuando se escribe el epitafio del Imperio Romano de Occidente. El final de la Edad Media, coincide este grupo de historiadores, se da en 1453, cuando los turcos derriban las murallas de Constantinopla, marcando el final del Imperio Romano de Oriente. Lo de la caída definitiva del Imperio Romano de Occidente es algo que aún da lugar a discusiones, pues si bien se toma como punto de referencia el 476 por ser la fecha en que por vez primera fueron los bárbaros, y no los romanos quienes marcaron el destino de la corona, lo cierto es que no hubo nunca una destrucción total. 
 
La caída de Roma fue muy gradual; un proceso de siglos que tuvo demasiadas causas y en donde los pueblos bárbaros fueron penetrando muy lentamente en el imperio, a menudo de forma pacífica, hasta acabar incrustados en él. Algo similar a lo que le ocurre actualmente a Estados Unidos que poco a poco empieza a ser culturalmente colonizado por sus inmigrantes, aunque éstos al final acaben por transformarse, al menos jurídicamente, en norteamericanos, al igual que la mayoría de los bárbaros deseaban transformarse en romanos. 
 
Si bien hubo sangrientas invasiones, como la de los hunos de Atila o los visigodos de Alarico, lo cierto es que ni una de estas batallas marcó un final definitivo. Vaya, con todo y los bárbaros adentro, Roma siguió siendo la sede de la cristiandad y el latín siguió siendo su lengua. Los bárbaros acabaron romanizándose y cristianizándose. 
En el Imperio Romano de Oriente ocurrió algo muy distinto. Constantinopla tuvo un día y una hora marcada a partir del cual ya nada volvió a ser igual. 
 
A partir de la tarde del martes 29 de mayo de 1453 la historia de Oriente y Occidente entró para siempre y sin posibilidad de retorno en una nueva era. No es exagerado afirmar que nuestro entorno geopolítico actual es una consecuencia directa de ese día. El Imperio Romano de Oriente fue fundado en el año 330 por Constantino, el primer emperador cristiano, en afán de lograr un contrapeso político y económico en el otro lado del continente. Un atípico imperio bicéfalo cuyas sedes corrieron distinta suerte. 
 
Mientras la Roma de Occidente entró en irremediable decadencia, la parte oriental vivió siglos de esplendor y Constantinopla se convirtió en la ciudad más rica y pujante del mundo conocido durante el periodo medieval. Fue llamada Basileuousa Polis, la Reina de las Ciudades, la Nueva Roma y fungió, literalmente, como el puente económico y cultural entre Occidente y Oriente marcado por el Cuerno de Oro y el mar de Mármara. 
 
Una ciudad con una parte europea y otra parte asiática que llegó a sumar hasta un millón de habitantes, cifra desproporcionada para la demografía de la época. Su hipódromo, sus murallas y su templo de Santa Sofía, construido por Justiniano en el Siglo VI, transformado en sede espiritual y política de la Iglesia Ortodoxa Griega, son los monumentos de su esplendor. 
 
Pero allá por el Siglo XIV, un pueblo belicoso de Asia Menor llamado Otomano empezó a ganar poder y a penetrar en Occidente ganándole cada vez más terreno al Imperio Bizantino. Constantinopla se convirtió en el objeto del deseo del joven y sanguinario sultán Mehmet. A finales de 1452 Constantinopla estaba sitiada por los turcos otomanos. Su último emperador, llamado paradójicamente Constantino como su fundador, buscó desesperadamente la ayuda de Occidente y el auxilio del Papa, lo que generó una terrible división interna. Los bizantinos eran ortodoxos y despreciaban con fervor a la Iglesia Católica papal, al grado que hubo algunos radicales decían preferir la cimitarra y el turbante musulmán a la penetración latina. 
 
Algunos mercenarios genoveses y venecianos prestaron su ayuda a Constantinopla a cambio de un elevadísimo precio. Al final todo fue inútil. La devastadora artillería turca conformada con los primeros grandes cañones utilizados en la historia, se impusieron al letal fuego griego, arma química medieval cuyo secreto de preparación murió con Constantinopla. Los turcos cargaron sus barcos por tierra para colocarlos en el impenetrable cuerno de oro. El imperio estaba condenado. 
 
Hay una imagen que me parece fascinante, la máxima representación de la mística calma antes de la infernal tempestad, la auténtica sinfonía de la destrucción. Constantino y la plana mayor de la nobleza bizantina se reúnen en Santa Sofía la noche del 28 de mayo para celebrar el último servicio religioso cristiano en la historia del templo. La liturgia final de un imperio que se sabe irremediablemente desahuciado y que en silencio se entrega al éxtasis místico sabiendo que en unas horas se consumará el final de una cultura y de una era. Al día siguiente los turcos penetraron las murallas y todos los nobles, incluido el emperador Constantino, fueron inmolados dentro de la catedral. La media luna se impuso a la cruz. 
 
Cinco siglos y medio después Santa Sofía sigue fascinando a la humanidad, pero es una mezquita ubicada en el centro de una ciudad llamada Estambul, asiática y europea a la vez, cuyo puente de Gálata es el símbolo que une y divide a dos mundos que cinco siglos y medio después aún no parecen comprenderse.