Síndrome del Impostor

Por Héctor Fernando Guerrero Rodríguez

Un aspecto que puede llegar a ralentizar el avance profesional de alguien es sentir que no merecen estar donde están. Creer que han llegado a un puesto o una posición que según él o ella no le correspondía. Sucede principalmente en situaciones en que la persona sabe que no fue la primera opción para ser ascendido o contratado y, se percibe a sí misma como el “plan B” o un “plato de segunda mesa”.

Aun cuando es probablemente la situación más frecuente, no es la única que genera este tipo de pensamiento o creencia. En realidad, estamos ante una manifestación de una distorsión cognitiva, lo cual es a grandes rasgos una forma errónea de procesar nuestra realidad.

Que alguien no se sienta merecedor de sus logros o que deba ser reconocido por estos, pudiera estar ante un fenómeno psicológico conocido como el síndrome del impostor. Esto no es exclusivo del ambiente laboral. Se da también en lo académico, deportivo, social y hasta familiar.

El origen puede estar en distintos factores como el haber estado expuesto a una sobre exigencia en el núcleo familiar, vivir en una constante comparación con alguien más, tratar de compensar una baja autoestima con objetivos poco factibles, entre otros más como algún estereotipo.

Lo cierto es que de acuerdo con la doctora Laura Barrientos Nicolás, académica de la UNAM, este síndrome lo sufre un 70% de la población. Es decir, 7 de cada 10 personas ven sus logros como una consecuencia de golpe de suerte o algo similar, pero no como resultado de su esfuerzo o preparación. Lo cual, en consecuencia, los lleva a una incapacidad de disfrutar sus éxitos.

El síndrome del impostor se manifiesta en cinco perfiles principalmente. El del perfeccionista que se establece metas muy altas. El experto, que vive en una constante preparación sin atreverse a dar el primer paso. El llamado genio natural, que piensa que si algo les fue difícil de lograr es porque no son tan buenos. Los individualistas, que todo quieren hacer solos sin pedir ayuda. Finalmente, los conocidos como superhumanos, que quieren más que superarse a sí mismos, superar a todos. Aquellos que ven al segundo lugar de una competencia como el ganador de los perdedores.

Este problema psicológico se hace aún más presente en grupos minoritarios, en los que se puede llegar a pensar que su ascenso o contratación se debe más a una cuestión de cuota de género o étnica. Según KPMG, Tres de cada cuatro ejecutivas confiesan haber experimentado este síndrome en algún momento de sus carreras.

Tratar este síndrome requiere definitivamente de ayuda profesional psicoterapéutica, que va a variar en el detalle según el paciente en cuestión. Pero que de manera general buscará que la persona deje de compararse con los demás, que identifique sus miedos irracionales y, llevarla a recordar y valorar sus éxitos con evidencia objetiva.

El impacto directo al trabajo, cuando alguno de los colaboradores o líderes padece el síndrome del impostor se refleja en su baja productividad, ya que una baja autoestima no le permite explotar todo potencial. Prefiere mantenerse en la medianía. Pero a la vez, pueden vivir con la creencia de que nunca nada es suficiente, por lo que los lleva a trabajar con un sobre esfuerzo durante largas horas, que terminan en un estrés crónico.

Este es sólo un ejemplo del porqué las empresas deben tomar con total seriedad la atención psicológica al empleado desde la perspectiva de riesgos psicosociales y, no hacerlo solamente por palomear un “checklist” por si me auditan. Es una cuestión de productividad y por ende de rentabilidad.