Si una mañana de verano un terremoto

Por Daniel Salinas Basave

El 19 de septiembre de 1985, poco antes del amanecer, fallecía en Siena el escritor Ítalo Calvino a los 62 años de edad. En el momento en que el autor de El Barón Rampante expiraba en Italia, víctima de un derrame cerebral, en la Ciudad de México era aún noche cerrada (¿hubo tocada de Rockdrigo González la noche del 18 de septiembre?). Calvino agonizaba mientras el manto de la muerte estaba por caer sobre la espalda de la capital mexicana. La ciudad invisible no eran los edificios que vivían sus últimos minutos de vida, sin las entrañas de la rejega tierra del Altiplano. El subsuelo velaba armas; el Hotel Regis aún estaba en pie y la vieja colonia Roma se preparaba para su último amanecer. Ignoro si alguien en México se enteró de la noticia de la muerte de Calvino horas antes del temblor e ignoro si habrá habido alguien con cabeza para pensar en el legado del escritor al día siguiente en medio del Apocalipsis sísmico. Acaso en la guardia nocturna de algún periódico hayan recibido el cable (en el 85 se vivía aún en la prehistoria periodística) pero dudo mucho que en la edición del 20 de septiembre alguien se haya tomado el tiempo de dedicarle un obituario.

Del temblor nos enteramos por la mañana en la escuela. Nos dijeron que la Ciudad de México había quedado destruida. En aquel verano agonizante, recién ingresado a sexto de primaria, ni por la cabeza me pasaba que tres años después nos exiliaríamos por un tiempo a esa ciudad devastada. De la muerte de Calvino, obvia decirlo, no me enteré ese día, ni al siguiente y en realidad pasarían muchos años antes de sumergirme en sus páginas, pero una vez que eso sucedió nada fue igual. Eso sí, en 1985 ya me daba por edificar ciudades imaginarias y al igual que Cosimo Piovasco, me encantaba subir a los árboles (Cosimo inició su vida arborícola el 15 de junio de 1767 y no volvió a bajar nunca a pisar la tierra, mientras que yo tuve una casita de árbol allá por 1981, pero después el árbol, la casita y la casa misma que lo albergaba se transformaron en ceniza, aunque yo sigo sin tirar cable a tierra). Llegué a las Ciudades invisibles cuando era empleado de la Librería Castillo allá por el 94 y años después Patricia Basave puso en mis manos Si una noche de invierno un viajero y solo pude concluir que los cuentos apócrifos con autores y lectores imaginarios son mi único camino posible para no parecer un narrador de personalidad múltiple. “Más que escribir un libro me interesan los procesos generadores de historias”, dijo Ítalo. La fantasía es un lugar en el que llueve. Calvino traza la cartografía de la lluvia mientras a mí me da por imaginar que esta noche está muriendo un creador al que aún no descubres y se está escribiendo un libro que leerás muchos años después si antes no se atraviesa en tu vida uno de los mil y un temblores del mañana.