Ser lector en México

Por Daniel Salinas Basave

Ser lector en México ha implicado siempre un desafío, un navegar a contracorriente enfrentando la censura o el espíritu de la época. Ser lector en México era un acto subversivo; ahora es una extravagancia. Durante los tres siglos del virreinato la posibilidad de encontrar un lector era una verdadera rareza. Quien leía se arriesgaba pues la lectura estaba sometida a un férreo control por parte de la iglesia. Los libros que valían la pena ser leídos estaban prohibidos.

Hace apenas cien años el analfabetismo en México aún superaba el 80 por ciento y los lectores representaban una identificable y pequeña cofradía. Hoy el analfabetismo ha sido (en teoría) casi superado, pero los lectores seguimos siendo una minoría apenas significante, una estirpe de excéntricos. Antes los lectores desafiaban a la Inquisición. Hoy desafiamos al espíritu de la época. En cualquier caso siempre vamos a contracorriente.

No dejo de plantearme  una serie de preguntas: ¿Qué puede ser tan fuerte para llevar a un hombre a arriesgar su libertad o incluso su vida al leer un libro prohibido por la Inquisición? ¿Por qué en 2018 una persona opta por leer un libro cuando a su alcance hay mil y un alternativas de entretenimiento y evasión? ¿Por qué un bibliófilo sigue comprando libros cuando su biblioteca está sobresaturada y sabe que no le alcanzarán dos vidas para leer todo su acervo y que además podría guardar su tesoro en un iPad?

Dedicarse a la venta de libros fue un oficio de alto riesgo en la Nueva España. Estrechamente vigilados por virtud de un decreto impuesto por Felipe II en 1558, los libreros debieron vivir y trabajar con la sombra del Santo Oficio censurando cada mínimo paso. También en el Siglo XXI es un oficio de alto riesgo dedicarse a vender libros pero no por la censura inquisitorial, sino porque ha dejado de ser un negocio rentable o al menos ese es el testimonio de no pocos libreros. ¿Cómo leeremos dentro de medio siglo? ¿Tendrán nuestros nietos o bisnietos la capacidad de reconstruir el mundo en una arquitectura prosística o nuestra red neuronal irá perdiendo la capacidad de traducir el mundo en palabras?

La obviedad y el lugar común es afirmar que los jóvenes no leen, que las nuevas generaciones son reacias y apáticas frente a los libros, pero la realidad es que actualmente uno de los nichos más importantes de lectores está entre los adolescentes. ¿A dónde irán a desembocar los acólitos de Harry Potter y los émulos de vampiros quinceañeros? ¿Son acaso la nueva versión de Alonso Quijano los jóvenes que se visten como los personajes de manga que admiran? Los nativos digitales nacidos en el Siglo XXI y cuyo proceso epistemológico primario está ligado a una pantalla táctil, consumen mucha más literatura que los adultos.

Acaso leer libros en la era de las redes sociales y Netflix pueda ser interpretado un acto de heroísmo o aferrada resistencia, pero la experiencia me dice que cada lector es un enigma y que este aferre por tomar las veredas de furtivas palabras renace en los entornos y en las formas más adversas e improbables, como esas matitas verdes que de la nada y contra todo, surgen de pronto en medio del pavimento.