Selfies literarias 

Por Daniel Salinas Basave

Hay ciudades marcadas por las obras literarias y los escritores que las narraron. De repente, los entornos reales que fungen como escenario de una trama de ficción acaban por  transformarse en atractivo turístico. Que el recuerdo de un escritor se convierta en postal o suvenir no me parece tan mala idea.

Los puristas dirán que el turismo lo banaliza o lo convierte en una caricatura. Yo pienso que, pese a todo, lo mantiene vivo. La estatua de Fernando Pessoa en el Café de la Brasileira  de Lisboa nunca está sola. Frente al monumento llegan a formarse largas filas de turistas que buscan tomarse su foto compartiendo un café con el poeta de bronce. Es posible que muchos de los visitantes nunca antes hayan leído a Pessoa, pero posiblemente algunos de ellos sientan curiosidad por leerlo después de tomarse la selfie.

El rostro de Franz Kafka es omnipresente en Praga y lo encontramos en llaveros, tazas, gorras, camisetas y los guías ofrecen tours kafkianos por la ciudad, esa Praga que nunca es nombrada en su obra y que sin embargo es omnipresente. Es obvio que el asunto molesta a personajes como Milan  Kundera, quien considera esta mercadería algo banal, sin embargo Kafka no es el único monstruo sagrado de las letras cuyo destino ha sido ir a parar a la camiseta de un turista que nunca lo ha leído. Hay urbes cuyas calles están impregnadas por la esencia de los escritores que las habitaron (o que aun las habitan). Muy pocos de los turistas que celebran en Dublín el Bloomsday bebiendo cerveza oscura y comiendo riñones fritos, se han animado a entrarle a ese reto de lectura olímpica llamado Ulises. Da lo mismo; con o sin lectores reales, Joyce ha creado el día más largo de la literatura universal y el 16 de junio es, después del Día de San Patricio, la segunda gran fiesta de Irlanda.

La Taberna de Auerbach, en Leipzig, es el sitio en donde Fausto y Mefistófeles inician su recorrido por el mundo sensual y en donde el tentador brinda y dialoga con unos parroquianos. Esta taberna, que fue frecuentada por Goethe en sus tiempos de estudiante, fue también visitada (cuenta la leyenda) por el original doctor Johan Faust (inspirador de la figura de Fausto en Marlowe y Goethe).

Los ejemplos son inagotables. En Londres hay un parque temático llamado Dickens World, mientras que la única razón que puede llevar a un turista a navegar en Mississippi a bordo de un vapor en Hannibal, es sumergirse en el mundo de Mark Twain con niños vestidos de Tom Sawyer.

También los escritores vivos y activos inspiran peregrinajes por las calles de sus novelas. Tal vez el extremo de la cuerda sea el turco Orhan Pamuk, que no conforme con impregnar Estambul con su narrativa, ha abierto un museo real para escenificar su locura de amor reflejada en el Museo de la Inocencia, una casa de tres pisos cercana a la Plaza Takzim, escenario recurrente de su obra.

En Brooklyn existe un tour para contemplar escenarios de las novelas de Paul Auster, quien ha habitado y sigue habitando ahí, mientras que el Tokio de Haruki Murakami empieza a convertirse en recorrido obligado para sus miles de lectores alrededor del mundo. Lo cierto es que esnobismos aparte, poder recorrer el espacio donde transcurre una novela que ha sido significativa en nuestras vidas trae consigo su dosis de magia.