Se ganó una batalla, pero se perdió la guerra

Por Daniel Salinas Basave

danielbasave74@gmail.com

Se ha perdido una batalla, pero no la guerra es una típica frase de consolación ante la derrota. Pues bien, en la Batalla de Puebla, de la que se cumplen 150 años este sábado, los mexicanos aplicamos la frase opuesta: se ganó una batalla, pero se perdió la guerra. El triunfo del 5 de mayo de 1862 ha sido sin duda el mayor laurel del Ejército Mexicano en el campo de batalla. En nuestras sangrientas efemérides, marcadas por el sonoro rugir del ca- ñón, la Batalla de Puebla significa el único triunfo hecho y derecho de un ejército mexicano contra un ejército extranjero.

Cierto, se puede hablar de la victoria contra la reconquista española de Isidro Barradas en Tampico en 1829 o el mal aprovechado triunfo contra los estadounidenses en la Angostura en 1846, pero la verdad es que el del 5 de mayo ha sido el único triunfo real en campo de batalla contra un ejército que en ese momento era de los más poderosos del mundo. La lluvia, la fiebre amarilla y el valor de los indios zacapoaxtlas contribuyeron con la causa, pero nadie puede restar méritos a Ignacio Zaragoza, encargado de enviar el más emblemático parte de guerra de la historia mexicana: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria”, escribió el general vencedor a Juárez. Como un héroe mitológico, Zaragoza murió joven y en el cénit de su gloria. El tifus lo mató cuatro meses después de su gran triunfo, el 8 de septiembre de 1862. Entonces viene el final triste de la historia que a menudo omitimos en las asambleas escolares y las ceremonias patrióticas.

Todo mundo habla del 5 de mayo de 1862, pero nadie habla del 18 de mayo de 1863, cuando Jesús González Ortega, quien ocupó el lugar de Zaragoza, perdió Puebla contra los franceses. El mariscal Forey aplastó a las tropas mexicanas en la misma ciudad donde 378 días antes se habían cubierto de gloria. México perdió la guerra contra Francia y las tropas de Napoleón III entraron sin vítores y tedeums a la capital. Si al final no somos una colonia francesa, fue porque Napoleón III se aburrió de su caprichito mexicano y retiró sus tropas en 1866, cuando ya olía la pólvora de los cañones prusianos de Bismark. Los franceses se fueron solos de México.

Cuando Maximiliano se rinde en Querétaro entregando su espada a Mariano Escobedo el 15 de mayo de 1867, apenas resistían unos cuantos conservadores mexicanos al mando de Miguel Miramón. Juárez y los liberales se quedaron con el pastel pero frente a ellos no había ya ningún ejército extranjero. Lo cierto es que si bien la guerra contra Francia se acabó perdiendo en 1863, creo que el 5 de Mayo es una efeméride que brilla con luz propia y siglo y medio después merece festejarse.

*El autor es periodista y ganador del premio Estatal de Literatura categoría Ensayo.