Se canta en el aire

Por Ana Celia Pérez Jiménez

¿Y si pretendiéramos que nunca pasó?, ¿y si continuáramos por los días así felices, aplaudibles y constantes?, ¿si fuéramos siempre esos seres que podemos vender, aromatizar y presumir? ¡Qué feliz sería! me digo por dentro, en ese plano donde sostengo tantas platicas conmigo misma y soy autora de mis propios cuentos. La vida me sabría a algo, quizá creería aquello que observo en el reflejo y quizá pueda serlo, tan siquiera un poquito, quizá la dualidad cese y en el “quizá” todo es posible y sin mayor compromiso. Somos tan frágiles que es imposible tenernos intactos en una vitrina, tan testarudos que ni con la verdad aprendemos o reconocemos, repetimos la mentira cual adicción al azúcar, por hábito y también por un gusto admisible y alevoso.

Cada vez pierdo más el sentido cuando deseo enfocarme en un futuro que no entiendo, que no siento mío ya que, yo tengo una idea de algo completamente distinto y tal vez a estas alturas poco realista. Nuestras bases son tan ficticias como esas películas que pagamos por ver para ser sorprendidos con tanto efecto especial, sin reconocerlos en la propia sociedad y educación; estamos en el piso veinte y fingimos no sentir el tambaleo.

El miedo nos come y también nos ciega, es querer hacer una autopsia sin querer dar ese primer corte, el que atraviesa, el que desciende entre la piel y el músculo, aterrizando en el hueso, del cual ya no hay vuelta atrás y te has adentrado en el cuerpo. La verdad existe, pero hemos perdido la habilidad de encontrarla, se nos cierra el callejón con tanta cortina, con tanto tendedero de ropa vieja, y nos perdemos, olvidamos que buscábamos algo, que teníamos una pista que entre una nube y el corazón habían rescatado, extraviamos la certeza del nacimiento, que mucho recobran tan sólo en la muerte.

Con el día a día olvidamos el propósito, entre anuncio y anuncio olvidamos que a veces no queremos nada, solo queremos ser y estar cuando solo somos; la naturaleza es sencilla y nosotros con ella, pero hemos aprendido a complicarlo todo, hasta el sonido de una palabra. La simplicidad es la clave cuando todo se ha perdido, confundido y puesto a la venta. Nadar a contracorriente en una sociedad que castiga con sonidos y no con acciones, donde en ese ruido va toda la represión que se “descompresa” para no reventar y ser uno mismo. El significado se adjunta con el tiempo cuál basura en un ducto de muchos años, colapsa y se vuelve a construir sobre él, el nuevo significado, la nueva tendencia, la nueva fijación que entretiene, desvía y aprisiona al mundo ignorado, esa cara de la moneda que siempre ha de besar al suelo.