Santa Clos no toma vino

Por Dionisio del Valle

Niños, no me odien, pero alguien tenía que desenmascarar a uno de los grandes impostores de todos los tiempos. Me parte el alma, pero la verdad ante todo. Hace muchos años, la navidad solía celebrarse en familia, alrededor de una mesa servida con platillos preparados por las cariñosas manos de quien velaba por la paz y armonía de su familia. La cena de noche buena era engalanada con los mejores vinos, espumosos, blancos y tintos, que cada familia, según sus posibilidades y gustos, era capaz de poner sobre la mesa. Nada como un buen cava catalán o un alegre champaña para acompañar los romeritos con mole y tortitas de camarón seco. Un auténtico lomo de bacalao preparado a la vizcaína ha tenido desde hace mucho tiempo como su mejor pareja a un buen pinot noir de  Borgoña, o si se prefiere más afrutado, de Oregon. Con los postres nada como una copita de un buen cosecha tardía de nuestra región, o un magnífico oporto, para cerrar las actividades navideñas como debe ser.

Sin embargo, hoy en día nos anuncian: la magia de estas fechas se obtiene destapando una botella de refresco de cola. Vamos a ver, que esto lo diga un señor obeso y mórbido, me parece lo único lógico y coherente de tal publicidad. Lo demás no hace más que recordarnos que algunas de las personas que se dedican a “crear” publicidad, lo hacen pensando que todos somos una manada de babosos quienes debemos terminar convencidos de que, no obstante las caries, el sobre peso y la producción de gases de efecto invernadero que provoca, ingerir dicho brebaje nos va a dar, la magia de la navidad.

Y lo que sucede es que no cualquiera se presta para montar un teatrito de estos, sino un tipo, digamos, peculiar. Miren ustedes, si no, el perfil psicológico del personaje de marras. En primer lugar, cuando yo era chiquito y hasta donde la memoria larga me ayuda, le rezaba en las noches a Santa María, a Santa Marta,  o a la santa que estuviera de moda, para pedirle esto o lo otro. Un día me platicaron que si quería regalos de navidad, tenía que pedírselos a un santo que se decía santa. Quiero ver a alguno de ustedes rezándole así, con toda confianza, a Santa Alfonso, Santa Tomás o Santa Carlos. Poco después fui llevado, contra mi voluntad, a un lugar en el que el dicho señor se sentaba en las piernas a niños y niñas para que le dijeran qué querían de regalo, ante la mirada complaciente de sus inocentes padres. Desde ese día pensé, mejor escribo una cartita y la cuelgo del árbol, más higiénico y menos peligroso.

Luego mi papá me explicó que este señor salía del Polo Norte en una carreta tirada por unos renos, cargada de regalos y después de un largo viaje aterrizaba en las azoteas de las casas introduciendo su esbelta figura por las chimeneas de las mismas. Le pregunté, consternado, si se sentía bien o llamábamos una ambulancia. Todavía me duele el maracazo que me soltó.  Y entonces sucedió que cada vez más chamacos les pedían sus regalos a unos señores llamados reyes magos y ya no al santo enmascarado de rojo, con la nada mala idea de diversificar los pedidos.

Otro día le pregunté a mi mamá de dónde sacaba tanto dinero este señor para comprar todos esos regalos. Me contestó que no los compraba, que los fabricaban en una maquiladora en el Polo Norte y no en Tijuana porque la mano de obra de los duendes era  más barata por allá (de veras que con razón salí como salí). A  fin de cuentas, en el pecado llevamos la penitencia. A ver, ¿qué niño o niña les da las gracias a sus atribulados padres que ven volar sus aguinaldos a toda velocidad con tal de satisfacer las ilusiones de sus críos? Estos niños, que el día 25  le mandan cartitas a Santa para agradecerle su infinita bondad, porque si no fuera por él, nada habría el día 25 bajo el arbolito. “Ay mi santa, de veras que si no fuera por ti, ni a triciclo llegábamos ¡qué esperanzas que mis papás me dieran todo lo que les pido!”. Ese es el precio que tienen que pagar los papaces y las mamaces por incluir al señor de las barbas en su santoral. Pero qué le vamos a hacer, así es como nos las gastamos. Yo solo quiero pedirles de favor que en estas fechas no se olviden de brindar con buenos vinos bajacalifornianos, un verdadero regalo navideño.

Les deseo lo mejor y nos vemos (y leemos) en enero del 2018. ¡Abrazos y apapachos para todos!