Romperle la nariz al padre

Por Daniel Salinas Basave

Hay libros que sin tapujos espetan su condición de exorcistas. Son obras indudablemente liberadoras, pues así debe ser la sensación de un exorcismo consumado. Los demonios que torturaban a un cuerpo son expulsados y sólo entonces el poseso reencuentra la paz.

El detalle está en que los exorcismos, según dicen, son rituales dolorosos y ese dolor se palpa en la escritura. Es como si cada página fuera una punta de navaja que horadó a su autor cuando era todavía una desafiante hoja en blanco. Los buenos libros, aquellos que trascienden y dejan huella en el lector, suelen ser creaciones cuya gestación dolió y liberó. Joel Flores Lechuga, escritor adoptado por Tijuana, ha escrito una novela así, tan dolorosa como liberadora: Nunca más su nombre.

Joel sabe bien que las palabras “pueden matarlo a uno si no las escribe cuando debe escribirlas”. Así lo estuvieron matando antes de poder dar a luz su novela. El problema es que “las palabras nacían exangües, como si me hubieran cercenado las manos y escribiera con muñones”, escribe Joel. ¿Alguien duda lo que le dolió este libro?

La historia de la literatura nos ha mostrado no pocas veces cómo un padre aborrecible puede inspirar una obra sublime. Muy a menudo los monstruos paternos acaban -contra su voluntad- moldeando a geniales escritores. Pregúntenle a Kafka, a Vargas Llosa, a Federico Campbell, a Paul Auster o a Joel Flores, por mencionar solo un quinteto. Los cinco están hermanados por la presencia de un progenitor fallido, siempre frío y cruel. Joel conjuró a su demonio paterno escribiendo una gran novela. Si Karl Ove Knausgård se la juega con La muerte del padre y Amélie Nothomb, más explícita, apuesta por Matar al padre, Joel asesta un golpe liberador en un párrafo catarsis. Kafka le escribió una carta a papá, pero Joel mejor le rompió la nariz. Si me dan a elegir, me parece más liberadora la segunda opción. Apuesto a que Vargas Llosa y Franz se quedaron con las ganas. Romperle la  nariz  al padre. Como lector no podría resistirme a ese título.

Nunca más su nombre se inscribe con honores dentro de la mejor narrativa constelar y es una novela que en su desgarro, jamás pierde dinámica, fluidez e incluso una dosis de sentido del humor. Si bien su columna vertebral es un árbol genealógico torcido y el eje gira en torno al padre, al que Joel llama simplemente “el militar”, hay personajes fortísimos en sus divinas contradicciones, como la bipolar madre, oscilante entre la dureza y la sumisión; la hermana con complejo de Electra, que eternamente se fuga de casa; Francisco, el amigo íntimo que sacó la baraja trágica en el póquer de la vida y Paula, la mujer total que permite materializar la escritura y los sueños. Hay también guiños al mundo literario, con mención honorífica al siempre cambiante Luis Humberto Crosthwaite.

Aunque Joel tiene dos publicaciones anteriores –El amor nos dio cocodrilos y Rojo semidesierto– nunca más su nombre es su libro umbral, el que marcará un antes y después en su ya sólida carrera. De todos los narradores que escriben desde Tijuana, Joel Flores es el que presagia un mejor futuro. Tiene ya un gran presente y el “timing” de su carrera ha sido casi perfecto, sin excesivas prisas pero sin perder el tiempo. Una novela, como escribe Joel, “sobre lo que creímos haber dejado atrás y nos persigue, nos ata, nos hunde, nos ahoga”.  Novela de puño cerrado y alma abierta. Atrévanse a leerla.