Río Revuelto

Por Manuel Rodríguez

Al nuevo PRI le hace falta entender que hay una gran diferencia entre gobernar con mano firme e instaurar un régimen autoritario, incluso de persecución y terror. Los motivos ocultos detrás del despido de la periodista Carmen Aristegui de la empresa MVS tienen su origen en el rencor de una cultura política decadente e intolerante.

 

Un presidencialismo mal entendido. En retroceso sistémico que nace de la incapacidad manifiesta de transformar al sistema en una democracia moderna y funcional. Develan un liderazgo sin principios. Con mano firme pero para afectar aquello que me incomoda, y dividir aquello que hace bien al país. La cultura política de antaño no cree en la democracia. Cree que el artículo 39 de la Constitución mexicana es pura fachada. Hay gobernantes que todavía piensan que somos un país de súbditos y no de ciudadanos.

Piensan que el ejercicio del gobierno dimana del poder ejecutivo, pero nunca del pueblo. En todo caso, lo comparten con los otros dos poderes, el legislativo y el judicial, pero ahora ni siquiera eso, ahora el ejecutivo controla a los otros poderes, los infiltra y los corrompe.

Ahora todo el sistema se encuentra picado por un viejo veneno que corroe las venas de los mexicanos: el veneno del autoritarismo.

No me cabe la menor duda que Carmen Aristegui es una de esas periodistas que está dispuesta a perderlo todo en aras de mantener un libre ejercicio de expresión en sus contenidos. Después de haber evidenciado varias veces al poder, me queda claro que lo conoce. Pero nunca habían actuado con tanta saña en su contra.

La forma en cómo reaccionó en defensa de su equipo de trabajo es algo que nos dice mucho de su carácter y formación. La historia en México nos enseña que el presidencialismo autoritario tiene como principal rasgo la intolerancia, y eliminar la oposición,  y la crítica investigativa siempre marcan la última etapa de un régimen descompuesto.

Un sistema soportado en la corrupción que está por caer. Los hombres de gobierno que se sienten competentes para aplastar las voces disidentes, no se sienten capaces de dirigir el destino de un pueblo. Por el contrario, recurrir a métodos distintos al diálogo es un símbolo manifiesto de incapacidad estructural.

Carmen Aristegui tal vez tenga que comenzar de nuevo y desde abajo, pero no está sola en su lucha el pueblo de México que necesita de su voz para no perder ese espíritu reflexivo, la apoya. Carmen no tiene las manos vacías, tiene en su caminar miles y miles de anhelos de mexicanos dispuestos a ayudar en la construcción de un México plural, y verdaderamente democrático. Desde sus inicios el PRI nunca fue democrático, ¿qué nos hace pensar que lo será ahora?. Hay quienes creen que lo de Carmen es solo una cortina de humo, que a río revuelto,  apresuran la venta de nuestro hidrocarburo a intereses privados nacionales y extranjeros.

Yo también lo creo. En México la democracia participativa no existe. Las autoridades en los órganos de representación ejercen directamente un derecho que de forma inalienable le corresponde al pueblo. La conciencia histórica nos dice que nos encontramos de nuevo en una encrucijada en donde un pueblo joven no soporta ser gobernado por decisiones políticas envejecidas.

*El autor es internacionalista egresado de la UDLA Puebla

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