Rinconcito

Por Por Luis Miguel Auza Tagle

lmvino@hotmail.com

Atrás del mercado Hidalgo, en un pequeño  pero bien aprovechado local se encuentra un  restaurante de aires argentinos llamado Rinconcito Gaucho.

El local tiene su historia. Fue  el primer intento de Diego probando suerte sin los mandamientos de Tony, el de la Tablita.

Ahora en manos nuevas  ofrece un menú con entradas muy variadas: Sashimis de  atún y salmón, chorizos, quesos, calamares, almejas, callos  y codornices, por ejemplo. Apenas llegar, un mesero propone la mesa donde habremos de sentarnos.

El ambiente es agradable, casi acogedor. Yo siempre he pensado  que los manteles de los restaurantes deben ser blancos,  como blanco es un hospital.

Los colores oscuros inhiben  la apreciación del vino y despiertan sutiles sospechas entre  la clientela quisquillosa. Único reproche en una mesa bien  dispuesta.

Para abrir boca se ordena un pulpo acompañado  de rebanadas finamente cortadas de cebolla fresca, aceitunas y aceite de olivo.

El platillo resulta sabroso y cumple su  misión de abrir el apetito.

Dato curioso, se pregunta por la  marca del aceite y el mesero nos informa que se trata de  un pomace.

En realidad “pomace” quiere decir pulpa de  olivos, característica general de la materia prima con que  se elaboran los aceites. No insistimos.

Tener a la vista del  cliente las botellas en que se envasa de origen el aceite es  detalle que pocos restaurantes procuran.

He escuchado razones muy válidas que explican por qué no se acostumbra,  pero me gusta pensar en el servicio de mis sueños, qué le  vamos a hacer.

Como plato intermedio se selecciona una  ensalada de aguacate con jitomates. Vasta, alcanza para los  tres comensales sentados y sobra. 

De la chistera de mi amigo el rector sale una botella  de un Ribera del Duero, cosecha 2000. La bodega  productora es Lanz.

Se pide un decantador para airear  el vino obteniendo así una rápida dispersión de los  aromas contenidos en una botella  que presume once años de edad. 

Armoniza bien con los pescados  de mis acompañantes: una vaqueta  preparada con una rica salsa de  finas hierbas, entre otras tomillo,  romero y albahaca y un atún sellado  en la sartén, condimentado con sal  y pimienta y recostado sobre una  cama de espinacas con una sutil  salsa de ajonjolí y soya que le vienen  más que bien.

Tercero en discordia,  llega un trozo de filete a la pimienta  solicitado a término rojo. La carne es  de muy buena calidad.

La salsa que  lo baña es un gravy cremoso que,  en mi opinión, esconde un poco los  sabores del filete, aunque, entiendo,  muchos comensales disfrutan de  este tipo de combinación. Quizás  la opción de una variante solo  con pimienta sería bienvenida por  algunos.

El vino vuela y se pide un  mexicano, el ya conocido Ulloa del  Lic. Téllez pero no lo tienen en ese  momento por lo que se escoge una  botella de Los Nietos de la Bodega  EMEVE para terminar los platillos y  acompañar un ate de guayaba con  queso fresco artesanal que cierra  nuestra visita a este lugar que, según  nos informan, lleva ya tres años  abierto al público.

Y dejamos el sitio  evocando al compositor argentino  Armando Carrera quien, herido de  amor, compusiera aquel tango que  dice: “… yo quiero mi rinconcito,  porque me trae un recuerdo/ de  la chiquilla que quiero/ y que me  quita la vida…” Una propuesta para  los seguidores del estilo de comer  suramericano en la ciudad, y que no son pocos por cierto.

*El autor es ejecutivo en la industria de la construcción en Tijuana. Ejerce el periodismo crítico de vinos, conferencista y capacitador en sus tiempos libres