Restaurante La Contra (Ensenada)

Por Luis Miguel Auza Tagle

lmvino@hotmail.com

Frente a una de las esquinas del Parque Revolución, en los confines del centro del Puerto de Ensenada y sobre la calle Moctezuma encontramos una moderna construcción adornada con sarmientos que, aun habiendo perdido la lozanía de otros tiempos, no dejan de mostrarnos las bellas y retorcidas figuras con que la Madre Naturaleza los concibió. Nada más entrar, la Ensenada vinícola se nos viene encima, no hay forma de llegar al restaurante sin antes navegar entre miles de hijos de los valles de esta tierra prodigiosa.

Qué mejor manera de recibir al hambriento caminante que con incontables tarjetas de presentación líquida, anunciando lo que será la dulce compañía a la hora de sentarse a comer. El sitio es fresco y agradable. A un lado de la tienda, dentro del mismo local, aparece frente a nosotros una sencilla barra enmarcada por un ventanal adornado con botellas que ya han perdido la batalla.

Y aquí no manda solo el vino, también hay cervezas artesanales que vale la pena explorar. Justo frente al refugio del cantinero habrá unas seis o siete mesas desde las que se puede ver, como lo hacen los escolapios en sus aulas, un pizarrón que se mimetiza sobre la pared del fondo y en el que aparecen, en lugar de aburridas operaciones aritméticas, el atractivo menú de todos los días. 

Subiendo las escaleras nos vamos a encontrar con otro salón, este que para no distraernos podríamos llamar de usos múltiples. Otra vez en planta baja cruzamos la puerta que nos lleva al jardín de la casa. Una palmera muy bien vestida, un pirul y un árbol de hule, de esos que no se andan con cuentos, son los verdes anfitriones de este patio singular con espacio suficiente para albergar a unos treinta comensales. Al fondo, el horno de leña, un apéndice de la cocina y una incubadora de pollos que se hizo la cirugía de cambio de género y ahora es “el” almacén.

LOS HALLAZGOS DE HUGO

Tomamos mesa y repasamos el menú. Yo sé que todos los menús tienen su historia pero no todos la pueden contar tan bien como lo hace Ismene Venegas, orgullosa del origen bajacaliforniano que lo compone.

Ella es algo más que la chef, es protectora y guardia de un lugar que refleja la fuerza de una gastronomía dotada ya de una personalidad incuestionable. Después de hacer sus pininos con Jair Téllez en el emblemático Laja del Valle de Guadalupe se vino a reinterpretar la cocina de su casa, como ella misma se refiere a su experiencia culinaria en La Contra.

De la mano de un refrescante Cava de ahuja de burbujas casi imperceptibles, llegan a la mesa unas sardinas frescas, recién salidas del Mercado Negro y unas salchichas adornadas con col y mostaza artesanales de calidad superior, cocinadas en su punto. Como casi todos los productos de la carta, estos embutidos son empresa de sitio, en este caso de Angelè Kraut. Luego arriba una torta de lechón acompañada de rábanos curtidos que, aun ante la pena ajena de mis hijas, me hicieron ponerme de pie. Y es que un buen lechón cocinado como dios manda es algo más que un trozo de carne. El pan es de Teté, quien también juega de local.

Para entonces ya están en la mesa dos botellas, una de blanco de nombre Parteaguas, vino francés elaborado en las Colinas del Viento, al sur de Francia con uvas Carignan y Macabeo en el año 2009, alegre y sutil, se enamora de las sardinas a primera vista. El otro, tinto, de Casa de Piedra y Bodegas Wente de California, y cuyo nombre es Contraste, un vino tenaz y persistente, de larga vida, elaborado con Cabernet Sauvignon y Tempranillo mexicanas y Merlot gringa.

A caballo entre los dos vinos seguimos con los platos fuertes: una pizza de jamón serrano con huevo y tomates deshidratados preparada en el horno de leña (así o más original) y un arroz cremoso elaborado con una especie de este cereal al que llaman arroz arborio con queso añejo de Tito Cortéz que resulta en un platillo de factura impecable por la calidad de sus ingredientes y el esmero en su elaboración. Ahora sabemos que también el pato (llamado pekín) viene de Maneadero, el conejo de San Antonio de las Minas y la codorniz de “Codocana” en el Valle de Guadalupe.

LOS AFANES DE GLORIA

Un restaurante donde no solo se enfatiza el vino, cómplice infaltable en cualquier mesa, sino que promueve los productos de la región lo que lo convierte, sin lugar a dudas, en una propuesta sólida y de presumibles raíces peninsulares. Nos despedimos agradecidos de Ismene, no la hermana de Antígona y cuya historia nos cuenta Sófocles, sino de una cocinera de carne y hueso, porque aquí no hay mitología sino pura y sabrosa realidad.

*Ejecutivo en la industria de la construcción. Ejerce el periodismo crítico de vinos. Es conferencista y capacitador en sus tiempos libres.