Repitiendo las cosas

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Las partes del humano, esos ecosistemas que viven dentro de uno, los climas, las lunas, los planetas, los sabores, los tonos; las células y sus blancos, sus rojos, la ofensiva y su defensa, el universo que no duerme dentro ¡vive! que se contrae y expande como la imagen que entra al ojo y la conclusión que brota como humo de tu cabeza. Todos tenemos colores, olores, tonos, notas de música latentes en nuestro ser, en el poro, marcándoles el tiempo cada latido del corazón.

Cuando amas quieres dar todo, quieres abrir tu telón, el telón donde guardas lo oscuro, el error, la locura, el desacierto, las marcas, el abuso, el desuso, la vida misma. ¡Quieres, ohhh lo quieres tanto!, pero tu razón opresora que llega a medirte, a clasificarte y juzgarte te hace guardar silencio; te viste de rosa y te avienta al mundo. «Sé lo que esperan me dice», «no cuestiones me aconseja», «sé todo menos tú (en una voz casi silenciosa me lo dice al oído)». Así que mejor espero, espero enamorarme de aquel que se vista de los esqueletos que guarda en su closet, qué maravilla conocer en lo oscuro eso que ilumina el alma y calienta el corazón.

Digo no a la hipocresía de ser amado por lo aceptable, por lo dulce, por lo común, por ser el estereotipo vendido y narrado desde una sola perspectiva social, diminuta y de cerebros frígidos; prefiero el rechazo sincero de mi persona desnuda, prefiero un «no» del que conoce mi totalidad; quiero abrir las dos alas no solo una, quiero mi complemento que es mi sombra y mi presencia. Quiero todo y cargarlo conmigo. Quiero llamarle por su nombre a las cosas, placer al placer, dolor al dolor, error al error y a la mentira verdad.

No hay parte de mí que no ame, todas las palabras que brotan de mi llevan tres gotas de mi saliva y una lamida de mi pasión, mi caricia sabe de los cuerpos que he tocado, donde mi corazón ha usado mi piel para tener contacto, para conectarse con otro humano; mi beso es el gabinete de medicina con el que me he intoxicado, alucinado, dormido y curado. Ser en totalidad, no recortar palabras, no recortar tu figura, no recortarte para caber en las expectativas de otro, mejor que los otros digan tu nombre y después de los dos puntos lo dejen en blanco.

Me quiero sorprender todos los días  como lo hacía en la infancia, en una tina contar los segundos que puedo durar bajo el agua, contar los escalones que bajo al igual que los que subo, saborear los panes y las tortillas. Al final del día solo hablo del placer de «ser» en libertad, en totalidad, con todo y cada cachito y partícula, para poder en verdad vivir eso que llaman «el milagro de la vida» (eso último lo escribí en un tono cansado, quizá de las veces que  me lo he repetido a mí misma).