Reivindicar el 27 de Septiembre 

Por Daniel Salinas Basave

¿Es el 27 de septiembre el verdadero Día de la Independencia? Se considera consumada la emancipación de España en la fecha en que el Ejército Trigarante entró a la Ciudad de México. En realidad podríamos celebrar el 24 de agosto de 1821, por ser la fecha en que se firmaron los Tratados de Córdoba, Veracruz, cuando Juan O’Donojú, el último jefe político (que no virrey) de la Nueva España, reconoció el Plan de Iguala y acordó con Iturbide la retirada de las tropas virreinales.

Podríamos celebrar el 28 de septiembre, fecha en que formalmente se firmó el Acta de Independencia. Claro, habrá quien diga que el capítulo final ocurrió el 18 de noviembre de 1825, cuando se rindió el último reducto español que resistía en la isla de San Juan de Ulúa; o el 11 de septiembre de 1829, cuando se rinde en Tampico la fallida expedición de conquista encabezada por Isidro Barradas, derrotada por Mier y Terán (aunque Santa Anna se colgó la medalla).

España no reconoció la Independencia de México hasta el 28 de diciembre de 1836 (Día de los Inocentes había de ser). En cualquier caso, me parece mucho más coherente, lógico y digno celebrar el día 27 que seguir enalteciendo la fallida, sangrienta y absurda rebelión emprendida por Hidalgo en 1810.

El catecismo oficialista se refiere al proceso político de 1821 (Plan de Iguala, Tratados de Córdoba) como “consumación de la Independencia”, una lucha que duró, según el evangelio de la SEP, once años y once días. Como si el 27 de septiembre fuera el resultado de una lucha continua y progresiva que al cabo de once años de avances y triunfos llegara a su fin.

A los evangelistas del oficialismo les duele muchísimo aceptar que la revuelta popular de Hidalgo en 1810 nada tiene que ver con el Plan de Iguala. Que Hidalgo lejos de alentar la Independencia la acabó estorbando y retrasando, pues eligió el peor método posible. Les es imposible admitir que para 1820 la insurgencia ya estaba casi acabada, que ni Vicente Guerrero y su gavilla serrana ni Guadalupe Victoria oculto en una cueva representaban una amenaza para la estabilidad del virreinato.

Les duele admitir que el cordón umbilical que nos unía a la Corona Española se pudo cortar sin derramar una gota de sangre. Bueno, para ser franco la Independencia se decidió desde el momento en que los criollos más ricos de la Nueva España se reunieron en La Profesa para optar por cortar de una vez por todas con el cordón umbilical español y su liberal Constitución de Cádiz (impuesta de nuevo por el andaluz Rafael Riego) que amenazaba sus privilegios.

A la historia oficial le repugna aceptar que la Independencia al final se consiguió con acuerdos y pactos entre criollos ricos y no con una masacre en la Alhóndiga de Granaditas. Que toda la sangre de las huestes de Hidalgo y Morelos pudo ahorrarse. Que en realidad se pudo proclamar sin armas la Independencia desde 1808 si hubieran dejado actuar al Virrey Iturrigaray. Que en 1820 la insurgencia original estaba acabada, el virreinato pacificado y que Vicente Guerrero, oculto en las montañas, no representaba amenaza alguna.

A la historia oficial le repugna aceptar que fue en el aristocrático templo de La Profesa y no en la humilde parroquia de Dolores donde se concibió el embrión de la nueva patria. 1821 representa el triunfo de la diplomacia sobre la guerra.