Regresión por transformación

Por Juan Manuel Hernández Niebla

“El nacionalismo es la chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala historia”, Miguel de Unamuno

El término “nacionalismo” se define como la creencia de que tu país es mejor que los demás.

Si bien esto pudiera interpretarse como positivo, la historia nos demuestra que aquellos lideres nacionalistas que han aislado a sus países del resto del mundo, han ocasionado conflictos bélicos y niveles extremos de pobreza, algunos ejemplos son Hitler, Mussolini, Castro y Chávez. Los más recientes Trump en EU y Bolsonaro en Brasil.

Paralelamente, México parece estar entrando en una espiral regresiva al México de los 70s, caracterizada por un partido hegemónico y presidencialista.

La contundente victoria electoral del 2018 para el partido en el poder y para su líder indiscutible, fue el resultado del hartazgo social emanados de la corrupción, la inseguridad y la pobreza de los gobiernos anteriores, donde la llamada 4T prometía poner fin a estos excesos.

Paradójicamente, este abrumador triunfo en gobernaturas y congresos ha creado una nueva élite de poder.

Si bien la administración actual está implementando cambios a las políticas de administraciones pasadas, iniciativas como la austeridad, entendida no como un medio sino como principio y aspiración, está generando cambios legales y constitucionales sumamente polémicos.

Contrario a los principios liberales que la 4T predicaba, estos cambios parecen ocasionarse más a una visión antigua de México caracterizada por instituciones débiles, una constitución meramente simbólica, y un presidencialismo exacerbado.

El discurso transformador que les dio ese gran respaldo mayoritario y legitimidad democrática, lo están interpretando como un “cheque en blanco” que justifica violaciones a la ley y la constitución, donde los intentos transformadores parecieran tener como fin la concentración del poder en una persona y el ejercicio discrecional del mismo.

Un ejemplo de esto han sido los ataques a los órganos autónomos, de los cuales en principio se cuestiona su efectividad y costo oneroso. Organismos como el INE, el INAI, Banxico y las entidades regulatorias en materia de energía y comunicaciones, han recibido constantes ataques por parte de un gobierno que pretendía ser transformador.

Gracias a los órganos autónomos, hoy los mexicanos tenemos el derecho a la información, vigilar la competencia económica, y emitir recomendaciones en derechos humanos. La autonomía no es un capricho burocrático, es un derecho democrático de muchos años de esfuerzo.

Proponer que las secretarías de estado asuman las funciones de los órganos autónomos, representa un ataque a las instituciones que limitan los abusos de poder y una regresión de tres décadas para México, tiempos en los que la única verdad era la del presidente.

La elección del 2018 a través del INE, permitió la transición pacífica e institucional al poder de un movimiento de rechazo a lo que no funcionaba. Sin embargo, lejos de aprovechar este ímpetu para avanzar en la construcción de un nuevo modelo de nación, parece tendiente a implementar políticas anticonstitucionales.

Regresar a los tiempos donde no existían entidades autónomas implicaría regresar a los tiempos de la verdad única y oficial, donde sólo al gobierno le pertenecía la narrativa de lo que pasaba, y un solo individuo concentraba el poder, las decisiones y el presupuesto.

Las figuras presidenciales van y vienen, las instituciones prevalecen, es nuestro deber como ciudadanos salvaguardarlas.