Regia saudade

Por Daniel Salinas Basave

Camino por calles regiomontanas y cada paso es un ciclón de ayeres. El Monterrey de mi saudade es un Monterrey que ya no existe y que a estas alturas (tal como diría Federico Campbell de Tijuana) ni siquiera sé si algún día realmente existió. Miro el entorno y concluyo que lo único real y eterno en mi tierra natal son las montañas. 

El Cerro de las Mitras, el Cerro de La Silla y la Sierra Madre que desde la ventana de mi hotel contemplo al escribir este texto, parecen ser lo único que perdura. Los edificios y las mil y una nuevas avenidas me son ajenas. Monterrey tan atiborrada de destinos, de mil caminos de la vida. Monterrey y la historia de mil y un primos e infinitos tíos, compadres, agregados y similares a los que vi por última vez tras el humo de una carne asada en los años ochenta. 

La infancia es en sí misma una patria y acaso para muchos sea una Ítaca a la que infructuosamente intentamos volver. Yo crecí viendo las montañas y mi hijo Iker crece mirando al Pacífico. Ahora que soy padre, pienso todos los días en la odisea de ser niño, en todo aquello que en la infancia queda por descubrir, asimilar, un Aleph a disposición listo para ser devorado. Camino por Monterrey y concluyo que mi infancia fue feliz. ¿Dónde radicaba la felicidad? En la forma de concebir y sentir el mundo. 

El mío estuvo lleno de fantasía. ¿Qué es lo que más extraño de la infancia? El misterio, la fascinación, un territorio donde la magia yacía en el alma de las pequeñas cosas, un universo poblado de espíritus. El mundo era inmenso, inabarcable. Y no, no saldré con la perorata de un mundo inocente, sin maldad. También extraño el terror y la angustia, los presagios que rodeaban cosas, sonidos, imágenes. 

El tiempo era largo, inmenso, supongo que era algo parecido a la eternidad. El entorno era enorme, inabarcable, misterioso. Gigantescos los espacios, infinitas las distancias. Recuerdo fotos y dibujos de algunos libros de animales, árboles, fachadas de casas, supersticiones e ideas que alimenté. Los niños absorben el mundo desde otra dimensión. No se trata simplemente de ver las cosas en diferente perspectiva. 

Es, auténticamente, una realidad aparte. Ponerte en los zapatos de un niño no es tarea fácil, pues ver el mundo a través de sus ojos implica ver otro mundo. Todos los días juego con mi hijo Iker y trato de recordar cómo asimilaba al mundo en mi niñez, solo para caer en la cuenta que jamás podré volver a absorber mi entorno de esa forma. El tiempo era lento, parecido a la eternidad, las distancias enormes e infranqueables, los espacios y las cosas gigantescas. 

El mundo era un lugar repleto de misterios. Iker tiene muchas cosas que enseñarme. Confieso que quisiera volver a ver el universo como él lo ve. ¿Cómo recordará él esta Tijuana en la que está creciendo? 

Con sorpresa descubro la nitidez de algunos recuerdos aferrados a tatuarse en alguna región blindada de mi cabeza. Tardes y noches de los años 80 que revivo como si hubieran acaecido la semana pasada, canciones que no he escuchado en 15 años y sin embargo canto de memoria, pasajes de libros que leí en la secundaria, juegos de futbol insustanciales cuyas incidencias se repiten una y otra vez. 

Son los jardines de la memoria, esas zonas abismales de la imaginación que simplemente son inexplicables e incompartibles, hoyos negros en medio del espacio que de repente surgen en las noches de insomnio.