Reflexionando con los años

Por Lucy Ocaña Rodríguez

Recientemente cumplí años, lo cual es motivo de alegría y festejo, pero también de reflexión. Generalmente, cuando nos detenemos a reflexionar un poco sobre el paso de los años y sobre todo cuando ya son más de cincuenta los que se cumplen, hacemos un balance de cómo va nuestra vida.

He concluido que entre más años se cumplen, nuestras prioridades de vida van cambiando; quizá porque nos vamos dando cuenta que muchas de las cosas que en el pasado eran nuestros objetivos o metas, ahora con la madurez sabemos que no tenían la importancia que nosotros le dábamos en la juventud; o bien, que ya fueron cubiertas y que por lo tanto forman parte del pasado.

Cuando llegamos a la madurez que dan los años, cuando se supone que ya contamos con experiencia, es cuando uno realmente valora lo intangible. Y lo primero que valora y agradece uno, después de la vida, es la salud; cosa que en la juventud ni siquiera pensamos en ella porque lo damos por sentado. La familia y nuestro primer círculo de amigos (los que son como familia) son también parte fundamental en nuestras vidas. Una casa donde guarecernos y un ingreso (por trabajo o pensión) que nos permita vivir en forma adecuada, según nuestras necesidades y estilo de vida, también son necesarios. Coincidirán conmigo, que teniendo eso cubierto, podemos entonces disfrutar del arte y la cultura como formas de alimento espiritual, además de que muchas personas suelen retomar la práctica de su fe religiosa.

Pero hay algo que queda fuera de nosotros, porque lo recibimos de los demás, como consecuencia de la forma de conducirnos a través de nuestra vida, que es: el respeto y el reconocimiento. Estos valores se construyen a través de mucho tiempo y se pueden perder muy rápidamente, ante alguna acción impropia o equivocada.

El respeto y reconocimiento de los demás, son desde mi punto de vista, herencia para los hijos, en función de ejemplo de sus padres. En estos tiempos difíciles, donde muchas veces los jóvenes se pueden perder fácilmente, considero importante enseñarles el valor de construir una vida con respeto y el reconocimiento vendrá después por inercia.

Por eso, cuando analizo estos conceptos es cuando no comprendo a quienes teniendo la gran oportunidad de servir, desde un puesto público, de ganarse el respeto y el reconocimiento de aquellos a quienes sirven, optan por caer en actos indignos y hasta ilícitos, en aras de obtener dinero o bienes materiales.

Y todavía menos lo entiendo cuando quienes realizan estos actos, son personas que con mucho rebasan los cincuenta años y que su vida cada día se acorta más, en razón del “fin de la línea” que todos tenemos. No se darán cuenta que no se podrán llevar esa riqueza y que en algún momento habrá gente que en vez de lamentar su partida, lo celebren o incluso que pudiera ser que su viudas puedan luego disfrutar la riqueza con un nuevo compañero.  

Es lamentable ver como el sentido del honor y el respeto se ha perdido en aras de la riqueza material. Es lamentable también darnos cuenta de la pobreza intelectual de muchos que ostentan un cargo público, que no son capaces de articular un párrafo de 50 palabras, sin caer en errores de sintaxis o de pronunciación… y para que hablar de la ortografía cuando a expresión escrita nos referimos.

Y eso es lo relativo a la elemental formación académica, porque si de valores hablamos, tendrían que pedir prestado y lo que tienen de fortuna mal habida a algunos no les alcanzaría para garantizar su solvencia moral.

En fin, esas son las reflexiones que me hice este año, con motivo de haber cumplido 365 días más de existencia y esperando poder vivir muchos años más, porque realmente amo la vida. Disfrutemos cada día que Dios nos brinda y mi propósito de las próximas 50 semanas de existencia, será seguir comunicando a usted amable lector, lo que en mi mente se fragua… eso obviamente si el director de Infobaja me lo permite.

 

 

 

Compartir
Artículo anterior¡Top Model!
Artículo siguienteLa licuadora financiera