Reflejo enmarcado en madera

Por Ana Celia Pérez Jiménez

No entiendo en qué momento me volví esta persona agradecida, que busca esos tonos de redención y humildad en su sentir, incluso hasta en su convivir, no me enorgullece pero el espejo creo no perdona. La verdad no lo comprendo, es como que uno va mutando, cambiando, los días abofetean como cuadernillo de primaria y tienen un impacto en uno no palpable, uno vago, uno que se esconde y hace lo suyo, como un tintero que gotea en la esquina izquierda de mi bolso a diario hasta que un día busque en la desesperación en ella y tenga el hallazgo.

Y uno va cambiando, yo sin darme cuenta hasta que ya estoy del otro lado de la barda, dichosos los que están alertas o son testigos de tal maravilla. Y me he vuelto esto, más sensible que de elección, tratando con los ojos equilibrar el mundo y pienso que así nos pasa a todos, obvio hablo de mí, pero no de una exclusividad.

Vamos gradualmente como el sol danzando alrededor de alguna transición, la cual no sentimos o prevenimos. Cambiamos porque es nuestra naturaleza y la de todo, al menos aquí en la Tierra. Y después te toca convivir con esta versiona tuya que le gusta quedarse en casa, que cuestiona todo, que ya no se tortura por los errores pero sí noto como los sigue contando, la arrogancia y la búsqueda de la perfección esa no se marcha y ni se disfraza, hay cosas que por crudas y necesarias parecen la piedra que sostiene la puerta de cerrarse.

Y veo el cambio que se acerca, como ese vecino que por su mudanza puedes descifrar mucho, por el no contacto visual y sé que se acercan cambios no dulces, no pasivos pero en este año y en este preciso momento debo de decir que miedo no tengo, estoy lista para ser sorprendida y tal vez para todo. El tiempo va marcando una pauta, un ritmo no cesante y lo escucho en el segundero cuando logró el silencio, y pienso que con él mi cuerpo, mis músculos, mi cerebro, mis memorias y nada detengo ni a mí misma de consecuencias, de la vida, de cosas que a momentos no quisiera. Y soy esto, y estamos todos y de pronto ninguno, como en las palabras y en los poemas, nosotros humanos en el papel de la persona, adornados de días de la semana.