Recuerdos de una familia de frontera

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Recuerdo esos viajes, viajes lejanos (bueno para mí eran eternas esas  tres horas a  Los Ángeles, California) y automáticamente comenzaba la aventura en cuanto escuchaba los cassettes de mi padre que él detalladamente había grabado y escrito en ellos “Éxitos de los 60” donde la selección iba desde los Rolling Stones, The Kinks a The Beach Boys y claro, en esos tiempos todos cantábamos fuerte en familia, ya que era algo “cool” saberse las letras en inglés (aunque debo de admitir que años después me di cuenta que tenía una vida cantando mal las letras, comenzando por esa que decía “You’re gonna cry 96 tears”, donde yo la cantaba y fuerte a todo pulmón diciendo “96 years”, quizá desde allí ya daba finta de lo dramática que yo siempre sería) y quizá cantábamos porque también era una costumbre que nos habían ya vendido las películas norteamericanas.

Así que así íbamos “La familia Burrón” por  todo ese largo Freeway 5 que prometía paradas en lugares de Hot Cakes y comida rápida, cosa que en Tijuana aún no se veía, así que con esa gran banda sonora salíamos de casa, yo en el asiento de en medio de mis padres sin ningún tipo de cinturón de seguridad, sintiéndome libre entre ellos (sí, en esa época el cinturón era un tanto opcional).  

Supongo que siempre tuve una imaginación muy vívida desde mi corta edad, recuerdo que cruzar la frontera para mí era donde se ponía a prueba mis grandes habilidades como persona bilingüe, me sudaban las manos y a veces quería solo pretender estar dormida al momento de que nos tocaba llegar con el agente migratorio por que no entendía muy bien el proceso, solo sabía que tenía que contestar “U.S. citizen”, al igual que “I was born in Chula Vista”, en lo que mi madre les entregaba mi acta de nacimiento, los papeles de mis hermanos y de ellos; al haber cruzado y dejado el “peligro” atrás me giraba a ver los rostros de mis hermanos esperando la aprobación o burla de mi gran actuación y acento norteamericano que tanto había ensayado y repetido en voz alta en los 15 minutos que hacíamos de fila por carpool, ya que tengo que dejar en claro que ellos eran mis coaches de vida y altos estándares a seguir (a mis cortos 6 años).

Entenderán que haber sido la menor de cinco hermanos no fue lo más sencillo de la vida, en cada escuela que entraba ya tenían referencia de aprovechamiento, desempeño con solo escuchar el juego de mis apellidos; ya se abría ante mí un  mundo de expectativas, seguido de un: “¿Tú no eres hermana de … ?”, y yo allí, sentada en la última butaca de la tercera fila del salón, con mis pies colgando por que no alcanzaban el suelo, con una falda extra larga porque mi mamá decía que yo crecería muy rápido y así me duraría más, eso sí, no falta mi gran moño en la cabeza cual centro de mesa, enorme, que mi madre había mandado hacer con mis iniciales que le iban a los colores del uniforme. No sé, a veces recuerdo que los profesores hablaban demasiado y los evadía a todos en mi mente solo pensando en estrategias de cómo ganarle a mis hermanos en el juego de destreza que entre el sonido del tiempo que se me estaba acabando y las figuritas de forma rectangulares pequeña y variadas que siempre tardaba en distinguirlas, se me seguía saltando la plataforma y nunca terminaba de acomodarlas todas. Estas son partes de algunas de las memorias que esta escritora fronteriza atesora y no sé, solo quise compartirlas.