Recordando a Gavrilo Princip 

Por Daniel Salinas Basave

Con frecuencia pienso en Gavrilo Princip, en esa improbable casualidad de tres segundos que torció su destino y el de la vieja Europa. Un enclenque y timorato tuberculoso de 19 años de edad, con un rol secundario dentro de la Mano Negra, se convirtió en el magnicida cuyo crimen tuvo efectos más devastadores e inmediatos sobre un mayor número de personas.

Varios millones de destinos fueron torcidos por el torpe y casi casual pistoletazo del nacionalista serbio. Sí, ya he leído a suficientes historiadores quienes sostienen que aún sin el asesinato del archiduque austriaco Francisco Fernando habría estallado más temprano que tarde la Gran Guerra, pero lo cierto es que fueron las balas de Princip las que desataron en aquel verano las “tempestades de acero”.

Bajo los protocolos de cualquier equipo de seguridad moderno, el asesinato de Francisco Fernando y su esposa Sofía hubiera sido impensable. Cuando leo la crónica de lo sucedido en Sarajevo aquel 28 de junio de 1914, pienso que cualquier guarura de alcalde mexicano se reiría de la vulnerabilidad y la inocencia de las escoltas austrohúngaras.

En la mañana de ese día, Nedelko Cavrinovic, compañero de Princip y aparentemente el conspirador más calificado para cometer el crimen, había lanzado una bomba sobre el automóvil del heredero austrohúngaro. El bombazo hirió a 20 personas pero gracias a la habilidad del chofer, no alcanzó a impactar al archiduque.

Cavrinovic se arrojó al río Miljacka e ingirió la dosis de cianuro que llevaba consigo, pero el conspirador estrella de la Mano Negra falló en todo esa mañana. No pudo matar al príncipe y no pudo ni siquiera matarse a sí mismo pues el cianuro apenas le causó un vómito.

Lo verdaderamente inverosímil, es que un atentado de ese tamaño no pudo ni siquiera modificar la agenda oficial del día. La ceremonia de recepción que la alcaldía de Sarajevo brindó al archiduque se llevó a cabo y la única alteración al protocolo fue el regaño público del heredero al alcalde de la ciudad por no ser capaz de garantizar la seguridad en sus calles.

Terminado el evento, Francisco Fernando y Sofía volvieron a abordar el mismo vehículo descapotable sobre el que había sido arrojada la bomba de Cavrinovic y su única medida extra de seguridad, fue que el conde de Harroch se paró a un lado de la puerta del vehículo.

Después de su eventito protocolario, Francisco Fernando pidió ser llevado al hospital para dar apoyo moral a los heridos de la mañana. Su chofer, Leopoldo Lojka, el mismo que lo había salvado de morir horas antes al acelerar a tiempo, equivocó el camino a la altura del Puente Latino. Cuando se dio cuenta que circulaba por la calle equivocada, el chofer dio una lenta reversa, con tan mala fortuna, que se topó con el pobre de Gavrilo Princip, que resignado rumiaba el fracaso del atentado.

Cuando el joven tuberculoso pensaba que todo había sido un fiasco, el error de un chofer lo puso a unos metros de su objetivo, con tiempo suficiente para sacar su pistola y disparar sobre Sofía y Francisco Fernando. Al timorato Princip también la falló el suicidio y fue capturado, aunque su juventud lo salvó de la ejecución.

La tuberculosis lo acabó de matar en prisión. Tísico, desnutrido, el magnicida serbio murió siendo puro hueso, con menos de 40 kilos de peso, en la primavera de 1918, cuando Europa estaba ya sembrada con millones de cadáveres y la gripe española se preparaba para completar la faena.