Quizá fue la cena  

Por Ana Celia Pérez Jiménez

La pesadilla de todos, no, mejor dicho, ¡solo la mía! Mi peor pesadilla, despertar sola, sola en el mundo y ser la dictadora de la tierra, la que da los primeros pasos, la que pone las primeras piedras. Tanto mundo, tanta vida y yo sola, debatiendo con mi eco, bailándole al viento, abrazando los árboles, volviéndome loca, sin ser así diagnosticada. Salir a caminar entre casas vacías, mi rumbo sin expectativa, hasta estuve tentada a salir sin ropa, no hay observadores, no hay moda, solo este forro de humano que me ha hecho sentir tan y absolutamente sola, tan atada, tan humana y con tan pocos sentidos, con tan largas garras. Ser el espécimen, el ejemplo, ¡que agonía!

La pesadilla de nadie y ya te despiertas, no hay de qué preocuparse, el mundo está lleno, los amigos llaman, los mensajes no paran, las fotos vistas, la agenda semi hecha, la ropa en la secadora, pero amaneciste. En un mundo donde estamos todos y esos todos nos desconocemos, pero nos hacemos compañía. En tumulto por las calles, las aceras, como empacados, tan parecidos, con la misma etiqueta, de dos patas, erguidos, y andando, andando como si en verdad supiéramos hacia dónde. Y se levanta el ruido, el murmuro que hacemos con nuestro respirar, y provocamos nubes, provocamos movimiento.

La pesadilla que no se recuerda, esa que te acecha por los callejones, ese velo negro que te pisas, pero no reconoces, la mala voz, el impedimento, lo que corta, la duda que entra y no sale, lo que abruma, lo que espanta, lo que espera en una esquina. Sin abismo, sin caída, en la mente, en la mente, el dolor de cabeza, la somnolencia; algo te dicen, algo dicen, el sueño, el sueño que no es pesadilla, esa, esa es la que no se recuerda.

La pesadilla que no se acaba, es aquella que nunca se cuenta.