¿Qué rol le damos?

Por Maru Lozano

Cuando el divorcio o el fallecimiento de la pareja aparece y a nuestro hijo o hija  adolescente le vemos grande, sucede que le damos el rol de “hombre o mujer de la casa”.

 

El hijo normalmente recibe ese paquete porque ha sido educado bajo  manipulación y chantaje, por lo que no conoce otra manera de ser. Esas frases cargadísimas como: “Ahora tú eres el hombre/mujer de la casa…” “sólo puedo confiar en ti…” “te necesito… no puedo solo…” y torturas así, el chico las recibe de una manera amplificada por la edad que él tiene y bajo un estrés y depresión absoluta empieza a ejercer un rol que no le toca pero que siente es su obligación.

El adolescente generaría entonces una culpabilidad a la hora de tener que ver por sus propios intereses, descuidaría sus estudios para avocarse al trabajo y evitaría una estabilidad en pareja porque en el fondo siente que traicionaría a su “actual” que es su madre/padre. Lo único bueno para ellos es que se convierten en “jefes”, como ellos mandan, pues eso se siente bonito. Lo ideal es que el adolescente le ponga límites al papá o mamá, pero como esto no es identificable y mucho menos posible, entonces inconscientemente vienen los embarazos y los compromisos que los lanzan a enfocarse a otra responsabilidad “ahora sí más propia”.

Con las chicas es algo parecido porque a veces es la mamá de los hermanitos y sacrifica todo sentimiento propio por el de los otros. El padre o madre se puede ir de parranda y la pobre chica se encarga de tareas, bañar a todos, dar de comer, ir incluso a la tiendita por lo necesario y madurar como aguacate envuelto en periódico para que de una manera exprés el viudo o viuda no sienta tan feo y pueda ahora sí realizarse bajo el pretexto de la “necesidad”.

En la primera oportunidad que tenga, saldrá de ella. Por supuesto que no podemos garantizar cómo va a reaccionar un hijo adolescente ante la pérdida paternal o maternal, ya sea porque se fue o porque falleció, pero sí podemos generar en ellos un sentimiento de autenticidad e identificación de roles.

Empezar por atreverse a decir ante ellos: “El papá  o mamá ya no está, todos estamos tristes, pero eso se nos irá pasando con el tiempo, bajará la intensidad hasta permitirnos a todos hacer lo que debemos hacer sin que sea tan lastimoso, lo que él hacía ahora lo palparemos y será bueno, ustedes a estudiar, yo a trabajar y a retroceder pero para tomar vuelo e impulsarnos. Todos estamos juntos, nadie toma el lugar de nadie porque esto es una familia y no un empleo; se vale llorar, se vale enojarse, se vale sentirse débil, pero no se vale estancarse”.

Dividir las tareas es diferente a delegar responsabilidades, compartir la casa es diferente a compartir los miedos y frustraciones, cada quien a su edad, tendría que vivir sus propias emociones y nuestra meta debería ser que estas provengan de las experiencias que se van dando y no desde el estancamiento del pasado. Ánimo y a tomar el riesgo de vivir cobijando el nido para que siempre dé gusto regresar a él.