¡Que no se note lo que piensas!

Por Maru Lozano Carbonell

¡No falta el imprudente! Ese que nomás abre la boca para hablar y sin filtro dice todo. No es necesario decir el cien por ciento de lo que se piensa.

Es una gran tentación soltar lo que pensamos y sentimos pero existen las consecuencias y a veces no medimos. Recordemos que no siempre es apropiado ni conveniente desembuchar, sobre todo en ambientes sociales y laborales. Es que la prudencia es una gran virtud que te da unos momentos de oro para evaluar con cuidado las palabras y conductas antes de ponerles volumen.  

¿Eres capaz de distinguir la diferencia entre lo que piensas y dices? Si queremos mantener relaciones sanas y sin problemas, es vital estar conscientes de ello porque las palabras tienen un impacto impresionante. Un comentario que no es adecuado o un enunciado mal elegido, puede dañar muchísimo. Pero un comentario reflexionado, pensado y expresado asertivamente, puede ser un bálsamo para alguien. Acordémonos que las palabras construyen o destruyen. Al hablar con otro, ¡entremos de puntitas porque estamos ante su alma!

Analicemos el efecto que podría causar eso que queremos soltar, que sea constructivo, respetuoso, bondadoso… ¡Es que el otro es un ser humano con sentimientos! Del mismo modo, hablar de alguien más también es devastador porque la crítica es muy difícil de superar, aunque no sea para uno, no se vale ofrecer palabras chatarra sobre nadie, no hay derecho.

¿Puedes mantener la confidencialidad? Si atesoras el valor de la confianza, protégela siempre, te hará una gran persona. De igual manera, el lenguaje ofensivo desgasta y perjudica. Usa expresiones alentadoras. ¡No te pierdas la oportunidad de un buen vínculo!

Siempre es importante recordar que no todos tienen el mismo ritmo, hay gente muy lenta y otra muy avanzada. No tienes que marcar el orden acompasado en la sucesión de las cosas. Es innecesario. ¡Fluye!

Hay quienes consideran la imprudencia como un acto irresponsable. Es que debemos ser sensatos porque puede ponerse en peligro la situación laboral de alguien o bien si es en el contexto social, su reputación. Ya ni mencionar lo que pasaría en el contexto familiar y digital.

Ahora pensemos que la imprudencia no sale nada más por la boca, sino también por las manos y por los pies. Lo que hacemos puede dañar enormemente.  

Lo que originamos o decimos puede tener consecuencias hasta legales, así que mejor ¡pensemos antes! Enfoquémonos en los resultados positivos y sobre ellos que vaya nuestro comportamiento. Te aseguro que hasta la energía cambias.

Comencemos por pensar en el cuidado en lugar del descuido, todos tenemos la posibilidad de prevenir excepto los niños y adolescentes que son avorazados, a ellos, educarles, marcarles el paso y repetirles las cosas las veces que sean necesarias.

Si lo que vas a decir, ése alguien no lo puede modificar en cinco segundos, ¡resérvatelo! No recomiendes ni diagnostiques si no sabes, trabaja bien y no seas malo aunque la imprudencia haya sido involuntaria. La intención dolosa de no razonar ni usar la lógica, marcará como búmeran regresando todo a su punto de partida, es decir, a ti. Mejor, ¡vuélvete reparable!

Ya nos lo dijo la poeta canadiense Margaret Eleanor Atwood: “Siempre es una imprudencia interponerse entre un hombre y el reflejo de su propia inteligencia”.