¡Qué amistades!

Por Maru Lozano Carbonell

¿Qué tal cuando los hijos nos salen con amigos que nos desagradan? Es horrible y se siente un hoyo en la panza porque los defienden, los quieren y procuran al máximo.

Lo que sucede es que los amigos en la adolescencia son la base de sus vidas, representan una influencia enorme y llegan a suplir la palabra de los padres.  Además de ser un modelo de identificación para tu hijo, son con los que se atreven a expresar sus sentimientos y compartir actitudes. Cuando hay alguien de la misma edad con las mismas dudas, las mismas quejas, el mismo espacio, la misma rebeldía, etc., hacen que él se sienta identificado consigo mismo y encuentre un “yo” reflejado en todos, por lo que da seguridad y así va fincando una personalidad muy cómoda.

Los sentimientos por los amigos son fortísimos, positiva o negativamente, así como se adoran, igual se detestan y se dejan de ver. Tener amigos significa desarrollar la inteligencia emocional y lo positivo está en que los chicos se vuelven sensibles, generosos, atentos, afectuosos y practican la empatía.

Entonces ¿en dónde está lo negativo? En que en su desmedido afán de vivir aceptados en su mundo social y ser parte de él, se dedican a experimentar riesgos que su juventud no les permite prever. Por el tamaño físico de los adolescentes y su omnipotencia al hablar pues ¡asustan! Ellos no ven los peligros, se niegan a toda autoridad y, si llegan a saber que hay riesgo en algo, lo enfrentan como un reto que les daría puntos a su personalidad aventurera. Un adolescente siempre querrá ir más allá del asombro de sus padres e irá más allá de sí mismo en desafíos como conductas rebeldes o traviesas en la escuela, en las redes, probando alcohol, drogas, sexo… dependiendo del grado de “aviente” de cada quien. Ya ni para qué mencionamos de las mil causas que pueden provocar la mala influencia de amigos, sabemos que una disfunción familiar, problemas económicos, estrés, baja autoestima y demás situaciones favorecen; pero en realidad por su condición hormonal, siempre tendrán de qué quejarse y ver todo con lupa intensificando y exagerando todo.

¿Qué hacer? Lo primero es tener contacto familiar. Que el adolescente se sepa monitoreado por los adultos de casa en todo momento. También hay que dar seguridad a los hijos poniendo límites claros en cuanto a horarios, tiempos, días, gente y dinero. Recordemos que siempre se van a quejar ¡son grandes negociadores! Y la libertad es delicadísima. Créeme que los adolescentes valoran en su momento la libertad vigilada, la agradecen; ellos dicen: “¿No tienes que reportarte a tu casa…? ¡No les importas!”   “… Mis papás trabajan todo el día, como que me ignoran… les valgo poco…”. Entonces hay que ponerle ahínco a la comunicación a través de los celulares, en persona y como sea, pero ser tajantes y decisivos en las medidas que se tomen para educar. Una explicación estaría perfecta, no por eso significa que se negociará el límite impuesto. Por supuesto que no tiene que ser a gritos, solo tiene que ser firme.

Papá y mamá solo hay dos y el rol de ambos es educativo, amigos tendrá muchos.  Si quieres sentirte satisfecho y tranquilo después, fórmalo ahora, infórmate siempre y comunícate mirando a los ojos.