Punta Morro

Por Luis Miguel Auza Tagle

lmvino@hotmail.com

Sobre las olas, literalmente hablando, encontramos este singular restaurante. Custodiado por enormes rocas entre las que el agua del mar baila su eterna danza. La playa del hotel al que pertenece está tapizada de miles de ancestrales piedras esculpidas por la mejor escultora del Universo: la madre Natura. Pasando la caseta de cobro y poco antes de llegar al Hotel Coral y Marina, frente a la UABC, arribamos a nuestro destino. Grandes ventanales cuyo paisaje es el infinito mar Pacífico, luz por todas partes y mesas dispuestas para probar las delicias que tomamos del mar para regocijo del cuerpo y del alma. Primero unos sopecitos llamados “Isla de Cedros”, rellenos de chorizo de abulón y bañados con salsa brava y unas quesadillas rellenas de chorizo, esta vez de langosta con salsa de frijol. Para entonces se ha puesto a refrescar una botella de Arista, vino ensenadense elaborado con uvas Cabernet Sauvignon y Petit Verdot, del 2007.

El chef Hugo Angulo nos sorprende además con unos callos de hacha, montados en conchas de abulón preparados en aguachile, frescos y sabrosos. Hacemos una pausa para probar una ensalada de ejotes tiernos, montados sobre una galleta de fenel, o hinojo a la que se le agregan pequeñas lascas de cebolla morada, queso feta, jitomate y aceite de olivo perfumado con un poco de orégano y adornos de salsa de betabel.

El menú es extenso y abarca platillos de mar y tierra, y aunque el protagonista principal es el pescado y los mariscos, también hay pastas y carnes, como la arrachera de res en salsa molcajeteada que llega al mismo tiempo que un linguini llamado jardinero, salteado en aceite de olivo, con tomate, aceitunas, champiñones y ajos asados, pasta fresca y cocinada al dente. El vino ha sido previamente aireado en un decantador para dejarlo respirar y obtener de él con mayor intensidad, las notas de frutas rojas, anís y un poco de canela que surgen al combinarlo con la pasta y las especiadas (pimienta blanca, romero y piel) cuando se toma de la mano de la arrachera. Son las maravillas del maridaje.

El salón principal es amplio, las mesas del restaurante están montadas con manteles blancos, sin recargos innecesarios en cuestión de adornos. Al otro lado un segundo salón, espacio que sirve para albergar grupos grandes o para recibir más comensales cuando así se requiere. La oferta de postres se presenta con una modalidad que parece atractiva. Se pueden ordenar tres o cinco piezas diferentes. En este caso se seleccionan un pastelillo de manzana, un flan y una soleta de cacao y vainilla cubierta con chocolate cremoso, esta última, en especial, obliga a repetir la faena, conscientes todos de la sobredosis de calorías que, en este caso, está plenamente justificada. Un café expreso cierra esta visita que, si se piensa, se convierte en un privilegio: disfrutar de la oferta gastronómica de la península acariciados por la noble brisa del mar, sus murmullos musicales y sus inigualables paisajes. ¿Qué más queremos?

*El autor ejerce el periodismo crítico de vinos. Es conferencista y capacitador en sus tiempos libres.