Premios literarios

Por Daniel Salinas Basave

 

La adicción bibliófila se alimenta de la teoría del diamante en el carbón. Aunque improbable, estoy convencido de la posibilidad de encontrar una página alucinante garabateada con pluma en un cuaderno escolar cuadriculado.

La buena literatura no sabe de marcos o empaques. He visto también cantidad de reyes desnudos en el aparador de las novedades editoriales de una gran librería. Aunque hay casas editoriales a las que doy un voto ciego de confianza, como es el caso de Anagrama, estoy consciente de que un sello de 100 mil ejemplares vendidos o la estrellita en la frente de un premio no garantiza una obra literaria inolvidable, de la misma forma que estoy convencido de que hay en el mundo miles de buenos libros que jamás alcanzaron a ver la luz de la publicación o el reconocimiento de un jurado.

Durante años desconfié de los premios literarios. Mucho tiempo sostuve (y en cierta forma sigo sosteniendo) que no se puede reducir la literatura a un campeonato o una eliminatoria,  pues hay muchas formas de apreciar una obra.

Lo que para un refinado crítico henchido de teoría literaria es sublime, puede resultar para mí ilegible o francamente aburrido.

Si incluso en un deporte como el futbol no siempre gana el que juega mejor, la posibilidad de cometer una injusticia a la hora de valorar una obra es infinita.

Sin embargo, desde 2010 a la fecha he participado en algunos certámenes y en tres de ellos he tenido la fortuna de resultar favorecido por el voto del jurado.

No quisiera caer en algo tan simple como aplaudir los concursos  y defender a capa y espada su imparcialidad y limpieza ahora que he resultado ganador.

Sería tanto como decir que los certámenes son muy justos siempre y cuando me den la victoria a mí. Estoy convencido de que la calidad de una obra no se define por un premio, pero también creo que como escritor es preciso someter el trabajo a una mirada experta y aprender a jugar en  eliminatoria. ¿Por qué deben seguir existiendo los certámenes literarios apoyados por instituciones culturales gubernamentales?

La realidad es que los concursos son a menudo la única manera de sostener la carrera de un escritor que apuesta por la literatura como un camino de vida y no solo como un pasatiempo. En un país como México es casi imposible aspirar a vivir de las regalías generadas por la venta de un libro. Inscribirse a un premio es una apuesta donde hay altas posibilidades de perder.

Un escritor consagra meses o años de su vida en una obra que a lo mejor nunca será reconocida. Escribir es un trabajo que requiere tiempo y dedicación. No es muy diferente de ser carpintero o albañil.

Se requiere oficio, entrega, voluntad y horas sacrificadas de sueño. El problema es que la posibilidad de que la escritura de un libro se convierta en un arado en el mar es inmensa. Lo mejor de un premio, es que el apoyo económico se convierte en un flotador que permite nadar en altamar y apostar por seguir escribiendo.

Pero claro, el premio no tendría ningún sentido si al final la obra no se publica y sobre todo si la obra no se lee. El personaje más importante de la literatura, nunca lo perdamos de vista,  es el lector y a él debemos consagrar nuestros esfuerzos.