Pozo vertical sin asidero llamado autoritarismo

Por Héctor Fernando Guerrero Rodríguez

Como país, estamos de cara a uno de esos momentos de los que ha habido pocos en más de 200 años que tenemos de existencia como nación. De esos que con el paso de los años se vuelven tema de discusiones de café que terminan en ucronías. ¿Qué hubiera pasado si Miguel Hidalgo hubiera tomado la Ciudad de México después de la Batalla de las Cruces? Tal vez no hubiera llevado 11 años lograr la independencia de la Corona Española. ¿Cuál hubiera sido el destino de Texas si después de la Batalla de San Jacinto, no hubieran reconocido entre los prisioneros al entonces presidente López de Santa Anna? Quizás el desenlace hubiera sido otro para el hoy estado norteamericano. Pero el hubiera no se conjuga y se estaciona en tan sólo eso, ucronías.

En menos de un par de semanas se define el destino de este país, no por los próximos seis años, sino seguramente por toda una generación entera. La pregunta clave es: ¿Quién lo va a definir? ¿Los pocos que salgan a votar? ¿O los muchos que decidan hacerlo? A pesar de haber sido reconocidos a nivel internacional por la organización de nuestras elecciones políticas, no se ha podido arraigar en la población el deber cívico de ejercer el derecho de voto. Somos campeones en abstencionismo y apatía política, lo cual nos ha llevado a tener gobiernos con un alto nivel de incompetencia, que independientemente del color del que vengan ataviados, difícilmente se les puede calificar de manera positiva. Ya sea por ineptitud, por corrupción o por ambas, pero no se puede hablar de un caso de éxito, ya que en lo que va de este siglo, en el que ya probamos de todos los colores, ninguno lo ha hecho bien. Es más, ni medianamente bien. 

Pero así somos, un país que renuncia a ser lógico por seguir siendo mágico, con una visión tan lejana como la punta de nuestra nariz, que vemos lo que queremos creer para no creer en lo que estamos viendo realmente. Que ignoramos el dato por escuchar un relato mareador y, que estamos ya en una madriguera a punto de convertirse en un pozo vertical sin asidero alguno, recordando a Dinah y en el que nos preguntaremos si algún día llegaremos al suelo. Tal como sucede con Venezuela o Cuba, que son gobernados por Reyezuelos de Corazones que quieren cortarle la cabeza a todo aquel que les contradiga.

Si cada pueblo tiene el gobierno que merece, ¿es esto lo que merecemos?, ¿o simplemente tenemos la autoestima baja? Y por eso aceptamos una terna de candidatos que, del uno al diez, por condescendencia se les daría un cinco. Pero que con eso les basta para que les regalemos en forma de impuestos y a cambio de muy poco, casi la mitad de nuestro esfuerzo.

Es un hecho que una vez más la caballada está muy flaca, como lo estuvo la vez anterior, y una atrás y así sucesivamente. Es imposible creer que de más de 130 millones de personas no haya por lo menos tres opciones que nos hagan sentir orgullosos como mexicanos. Pero es lo que hay y por algunas de esas tres alternativas hay que votar. Y eso es precisamente lo que hay que hacer, salir a votar.

Uno de los beneficios de la democracia es que nos da acceso a la alternancia, la cual descafeína el encallamiento de regímenes autoritarios, cortadores de cabezas por no estar de acuerdo con ellos. Insistamos a nuestros cercanos que nunca votan bajo el argumento de que “ya todo está decidido”, que sólo por esta vez voten. Estamos ante un momento histórico y decisivo, que no debe convertirse en la ucronía de cómo estaríamos si hubieran salido la mayoría a votar y así, no se hubiera caído en ese pozo vertical sin asidero alguno llamado autoritarismo.