Por mis huevos, parte 1

Por Juan José Alonso LLera

“La primera ley natural debería ser ésta: perdonarnos mutuamente nuestras tonterías”.

La cena familiar de los martes, puede ser el día más esperado de la semana para casi todos los asistentes. Es una tertulia en donde compartimos la cena, los vinos, un tema polémico y muchas tonterías… pero no abuses y aunque esto pasa de vez en cuando, el amor que nos tenemos supera todo lo que puede salir de la boca.

La semana pasada en nuestra labor por encontrar el mejor chile en nogada de la región y el mejor vino rosa para el maridaje, surgió una discusión Bizantina, sobre el origen de uno de mis platillos favoritos: los huevos Benedictinos (huevos escalfados sobre pan y jamón con salsa holandesa). Que ahora hay mil versiones tropicalizadas, pero la mayoría terminan siendo ridículas.

Antes de platicarles los verdaderos orígenes, me gustaría hablarles de las reglas de la cena:

  • Leer el material acordado, estudiar y prepararse para el debate
  • Traer buena actitud y un poco de inteligencia (obligatorio)
  • Disfrutar de la comida y el vino
  • Siempre preservar el cariño y la amistad

La verdad es que todos son elementos básicos, simples y muy valiosos, pero para debatir se requiere estar dispuesto a cambiar de opinión, hacer la tarea, ser objetivo y no personalizar las discusiones.

Éstas son las 10 recomendaciones para participar en un debate:

  • Conocer el tema y documentarse
  • Ser breve y conciso
  • Respetar opiniones
  • Saber defender opiniones que no son la nuestra
  • Ser capaz de responder a las objeciones y de criticar los argumentos de los oponentes
  • Identificar las falacias
  • Respetar el turno y las indicaciones del presentador
  • Tener una actitud abierta al diálogo
  • Tener conciencia del lenguaje no verbal
  • Ser un buen perdedor. No se trata de un combate para ver quién es el mejor. A menudo no hay vencedores ni vencidos. En cualquier caso, no pierdas la humildad y no seas arrogante. Acepta la derrota y tómatelo como una oportunidad para darte a conocer.

Ahora si regresemos al origen de mis huevos, Benedictinos: Según algunas fuentes, se remontan al siglo XVIII. Se dice que el Papa Benedicto XIII acostumbraba desayunar huevos en una base de pan con jamón y salsa holandesa.

Aquella receta se popularizó en las altas esferas europeas. Reyes y dignatarios la hicieron parte de su menú para ocasiones especiales, especialmente las celebradas en domingo durante el almuerzo. Los ingleses decidieron sustituir las hogazas de pan por sus famosos muffins y los neoyorquinos cambiaron el jamón cocido por lomo canadiense.

Otra de las versiones más difundidas y posteriores al origen, apunta que fueron inventados por Lemuel Benedict, un agente de bolsa retirado, quien buscando aliviar su resaca pidió huevos escalfados sobre pan tostado, con tocino y salsa holandesa en el famoso hotel Waldorf Astoria, de Nueva York.

Hay una tercera historia: Craig Claiborne en septiembre de 1967 escribió una columna en The New York Times Magazine sobre la carta recibida por Edward P. Montgomery, un estadounidense que residía en Francia. En ella, Montgomery relataba que el plato fue creado por el comodoro E.C. Benedict, un banquero que murió en el año 1920 a la edad de 86 años. Montgomery incluyó una receta para los eggs Benedict, mencionando que se la había enseñado su madre, quien la recibió de su hermano, que era, a su vez, amigo del comodoro. En fin, muchas versiones para aderezar la discusión, lo que no es valido nunca es tener la razón solo por mis huevos, Benedictinos.

En fin, en esta edición de Infobaja encontraran las dos versiones de “Por mis huevos”, parte 1 y 2, para que tú mi lector querido tengas ambas caras de la moneda. Hay que debatir siempre, para mejorar.