Por mis huevos (la otra versión)

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

Cuando se habla de debates, la frase “Estoy en desacuerdo con lo que dices pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, atribuida a Voltaire, queda para respetar la opinión del otro cuando sube de tono la conversación.

Cabe aclarar que la frase pertenece a la biógrafa Evelyn Beatrice Hall de una inexistente conversación en el libro “Los amigos de Voltaire”, que publicó en 1906 bajo el seudónimo de Stephen G. Tallentyre, pero eso lo contaré en otra entrega.

Nuestras cenas familiares de los martes se han convertido en tertulias al estilo de los círculos donde se aprendía mientras se debatía y cada semana ponemos en la mesa temas que discutimos entre comida y vino (algunos de ellos sólo se pueden discutir con unas copas).

Los tópicos van saliendo sobre la marcha y en ocasiones los enviamos días antes por whatsapp para que a la cena del martes todos estén listos para debatir.

La pasada cena, la discusión giró en torno a los huevos benedictos y su origen, platillo del que últimamente vemos en las cartas de desayuno una serie de variables que le quitan la original sofisticación; cuya clave es la complejidad de la salsa holandesa y el huevo correctamente pochado.

El debate comenzó a acalorarse ante las versiones del origen del popular desayuno, donde yo sostenía que había sido en Nueva York; el estimado “Alquimista” decía que venía de Europa, mientras Adriana intentaba jugar de conciliadora. Pero como siempre, a pesar de que la discusión subió de temperatura y cada quien se aferró a su opinión, lo mejor de todo es que podemos seguir como si nada, como las personas civilizadas que somos.

He de reconocer que cuando Juan José tiene la razón, no sólo se la doy, sino que parafraseo lo dicho por él y le doy el crédito ante otros. Pero en esta ocasión concluyó lo siguiente:

La versión sin tanto detalle de cómo y cuándo se crearon los huevos benedictinos no la sabía exactamente, pero sí estaba seguro que fue en Nueva York, como una creación americana y relativamente moderna que lleva poco más de cien años; versión que aun así, se disputa entre si fue en el restaurante Delmonico’s o en el Waldorf.

Y puede ser que la real sea la que está escrita en el legendario tratado culinario “The Epicurean”, publicado en 1894 por el chef francés Charles Ranhofer, con más de tres mil recetas y noventa y dos formas de preparar huevos. Ranhofer sirvió por treinta años la alta cocina estilo Escoffier en el elegante restaurante Delmonico’s

Al famoso chef Ranhofer le era común crear recetas en honor a sus comensales especiales, como las “Papas a la Sara”, en honor a Sara Bernhardt; el “Pastel de ternera a la Dickens” cuando los visitó el escritor británico y, por supuesto, los “Huevos Benedict” en honor a un corredor de la bolsa con ese apellido.

Lo cierto es que en esto de los platillos, la paternidad puede ser muy difícil, por no decir que es imposible de precisar, ya que es una parte de las manifestaciones culturales de las sociedades y por eso estos debates son comunes. Incluso días antes sostuvimos uno, sobre el origen de los “Chiles en Nogada”.

Pero como dicen los historiadores culinarios: “Si no está escrito en un recetario, todo lo que se diga será leyenda”. La versión del Waldorf es de 1894, mismo año que Ranhofer publicó “The Epicurean” con casi treinta años de chef del Delmonico’s, así que saquen ustedes las conclusiones.