Por dentro y por fuera. Victoria en el desierto

No sé si sea mi sangre rarámuri o el espíritu aventurero que me forjaron mis padres pero aprovechando que algunos de mis lectores me preguntan que por qué me gustan las aventuras extremas, y que si qué pretendo demostrar corriendo 66 kilómetros en un desierto, me permití compartirles brevemente mi historia reciente.

Las respuestas en realidad son muy sencillas, y quise compartirles mi experiencia de este pasado 10 de noviembre donde tuve oportunidad de romper mis limites personales al inscribirme y participar en la carrera de Ultramaratón que organiza el Club Centenario al pie del cerro del Centinela, y que por más de 9 horas ininterrumpidas me tomó empujar con cada gota de sudor y con cada músculo a mi cuerpo azotado por la crueldad del Sol para salir vivo de la odisea cachanilla.

Lo más que había corrido eran los 42 kilómetros reglamentarios en un maratón, nunca por un periodo mayor a 4 horas en su realización. En medio de un paisaje que asemeja a las imágenes que de Marte nos envía el explorador Rover, la crueldad y belleza del desierto cachanilla me tiene impactado.

El arranque fue a las 5 de la mañana con un frío cercano a los 8 grados centígrados y una oscuridad que da miedo, pasadas las 6 de la mañana el espectáculo de luces y colores brillantes daba inicio con unas tonalidades de rojo y naranja que se colaban entre las cúspides del cerro del Cucapá y la Sierra de Juárez, dándole pinceladas a la aventura que ni el mismo Claude Monet hubiese podido superar en alguna de sus obras de arte.

Con el tobillo enterrado en la arena por algunos tramos, la carrera se vuelve extrema y cansada. Conforme la posición del Sol se coloca sobre la bóveda celeste, las condiciones inhóspitas y hostiles de la Laguna Salada hacen que la aventura tenga un grado de riesgo mayor que no deja de producirme palpitaciones y adrenalina mientras escribo estas líneas.

Al menos en el camino me topé con dos cruces de personas que allí habían fallecido, y de inmediato mi hipotálamo se conectó con mis funciones vitales de forma directa, la instrucción era muy clara y era una sola, salir de ahí con vida.

Pero yéndome un poco al aspecto metafísico del asunto, y parafraseando al ilustre oaxaqueño y prócer de la patria José Vasconcelos, coincido con él plenamente, en el sentido de que si no se libera primero al espíritu jamás lograremos liberar la materia. Por lo que en resumidas cuentas correr se ha convertido para mí en un ejercicio de libertad espiritual y en un momento de apasionante intimidad con mi yo-personal.

Tal vez de un cumulo de experiencias de vida enriquecedoras como la mía se deriva la tradición griega de los juegos olímpicos, y percibo que ahí se encuentre el secreto de la humanidad que transformó la competencia y el juego inherente a muchas especies de animales, en ese espíritu deportivo que rige hoy las justas atléticas y que nos permite a los hombres y mujeres evolucionar en cuerpo y alma hacia una civilización más consciente de sus retos y paradigmas.