Por dentro y por fuera: El bato de la película

Esta semana ha sido una muy emotiva para mí, pues atravesamos el Día del Padre, y no podía dejar pasar la oportunidad para platicarles a todos mis lectores un poco de ese gran hombre que es mi padre, y debo decirles que también es mi más asiduo lector.

Así que quiero aprovechar esta columna para darle gracias a ese hombre que me dio la vida, por haber tenido la valentía de habernos sacado adelante a cada uno de sus hijos, dándonos todo, sin pedir nada a cambio.

Sin duda uno de los seres humanos que más ha impactado en mi vida es mi padre, su historia es muy difícil de entender y superar para las generaciones que lo tenemos todo, pero él de niño boleaba zapatos, vendía revistas y botanas en los bares.

Fue hasta los 15 años de edad cuando paseaba por fuera de una sucursal de un banco que vio que se solicitaba un cajero, y no dudó en aplicar para el puesto. Y de repente encontró su vocación, los números y las cuentas. Su habilidad para las matemáticas también la demostró en la escuela.

A los 23 años ya era gerente, cuando ser banquero era algo importante en este país, y fue en el banco donde conoció a mi madre. Fue banquero por casi 20 años, hasta que más o menos a la edad que yo tengo hoy, se decidió por estudiar leyes, logrando para orgullo de toda la familia ser el primer abogado en titularse.

Y al fin, el niño lustrador de zapatos se convertía en un banquero abogado. Una historia de superación como pocas. Pocas veces me he detenido a agradecerle de manera personal, de hombre a hombre, por haberme formado 35 años de mi vida, de forma desinteresada y amorosa. Y sé que lo seguirá haciendo hasta el último día de aliento.

Recuerdo que cuando era un niño, así me llamaba mi padre: ¿Quién es el bato de la película?, e invariablemente contestaba entre ansioso y emocionado, “yo”. Su llegada a la casa era poco antes de las noticias de Jacobo Zabludovsky, y era la oportunidad perfecta para regocijarme entre sus brazos y disfrutar de su presencia antes de concluir el día.

Cuando me hacía acompañarlo al banco, siempre me asignaba tareas desde cuidar un portafolio hasta ponerme a hacer paquetes de monedas, pero sus encargos siempre los tomaba muy en serio, al grado que podía durar horas sin moverme esperando sus indicaciones.

Muchas tardes en lugar de salir a jugar con mis amigos de la cuadra, la pasé en el comedor de la casa leyendo los editoriales de los principales diarios, mi padre despertó un interés en mí por aprender a leer entre líneas, y al cabo de un tiempo saber qué es lo que el columnista estaba tratando de transmitir detrás de su escrito, me parecía fascinante. Por eso le rindo este pequeño homenaje de la manera que él me enseñó: escribiendo. Muchas gracias papá.